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Reírse de uno mismo

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por Alexander Huerta Mercado

Tom estaba relajado en su oficina pobladísima de libros, de fotos, de artesanías, de plantas y de papeles, donde apenas teníamos espacio, pero eso la hacía más cálida. Yo era un estudiante extranjero al que todo le estaba saliendo muy mal. Apenas había llegado a estudiar a Estados Unidos. Me sentía liberado de la tensión que me había significado vivir mi vida escolar y universitaria en un país golpeado por el terrorismo como lo era el Perú. Creí que encontraría un poco de paz. Al poco tiempo de llegar, fui testigo cercano de los atentados del 11 de septiembre del 2001. En esa oficina, le contaba a Tom que tenía ciertas dificultades para entender cómo funcionan las cosas en una universidad de Estados Unidos y suponía que yo mismo era difícil de ser entendido. Tom me dijo que estaba en una situación liminal, era diferente, pero “no tanto.” Seguía siendo un occidental y no podía esperar un trato diferente de nadie en la academia y debía adaptarme a seguir las reglas del juego. Luego de una larga conversación dejé la “bati-cueva”, que era como ambos nombramos aquella oficina, y en el umbral de la puerta, Tom me detuvo diciéndome una frase que parecía sacada del mago de Oz: “Una cosa más, Alex: no estamos en Perú.”

Cuando volví a Perú a hacer trabajo de campo, volví a Lima donde también volví a ser “antropólogo nativo.” A partir de las conversaciones con Tom, tuve más claro que no existe la dualidad en los antropólogos de nativos o foráneos. En realidad, era la misma situación que en NYU, ser “diferente pero no tanto.” La antropóloga indio-americana Kirin Narayan, por ejemplo, entiende que el antropólogo es un ser con identificación cambiante en un campo de encuentro constante. El antropólogo peruano Carlos Ivan Degregori por su parte sostiene que ser “antropólogo nativo” no es posible ya que el campo no es monolítico sino que está poblado de distintas identidades: “Desde siempre e incluso hoy, los antropólogos ‘tercermundistas’ estudiaban fundamentalmente sus propios países. Ello les daba y les sigue dando la ventaja comparativa de un conocimiento localizado, una capacidad de inmersión y de descripción densa. Pero la cercanía al árbol puede bloquear la visión del bosque. Por otro lado al concentrarse en su propio país, pueden perder la perspectiva comparada, que es una de las condiciones centrales de la producción de conocimiento en la disciplina. Finalmente el o la antropóloga estudia su país, pero no necesariamente su propia [sub] cultura”.

A la larga, estudiar tu misma sociedad es un juego de campos de poder, donde eres el académico que tiene capital simbólico y eres, al mismo tiempo, el turista profesional que ruega por información. Eres parte de los problemas que ves en tu sociedad y compartes muchas frustraciones colectivas. También compartes sus silencios.

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Yo estudié y estudio la cultura popular urbana de las ciudades peruanas que he consumido desde niño y sin embargo dentro de mi propio país soy visto como un gringo. El solo hecho de haber estudiado antropología (algunos creen que es un hobbie y otros creen que es arqueología) me ubica en una posición social distinta en un país con demasiadas diferencias. Así, el antropólogo se da cuenta de su situación liminal en la sociedad. Tom me comentaba en su oficina cómo en Estados Unidos yo era percibido como un estudiante extranjero con cierto desafío cultural pero nunca “tan diferente” como para ser tratado de manera distinta a mis compañeros de estudio. Esto me colocó en una posición siempre de peregrino ritual. Mientras estudiaba, sentía muy nítidamente que estaba en un mundo de encuentros, de tránsito, de liminalidad como en los rituales transformativos, aunque el único destino de ese “ritual de pasaje” era la oficina de Tom donde me sentía integrado.

Cuando me tocó entrevistar a una vedette en Lima, a una showgirl, acerca de cómo ella creía que su público la percibía, me contestó: “¿Por qué me preguntas algo que tú mismo puedes responderte, con esa cara de calentón que tienes? Preguntas lo obvio.” Con esa frase inicié mi tesis y con esa actitud mantuve la danza de poder que significaba hacer trabajo de campo en mi propia comunidad, a veces como un “gringo preguntón” y otras como un “profesor inocente”, siempre motivo de burlas de parte de mis interlocutores: “¿Soy tan extraño para ser estudiado por un antropólogo?” “En vez de investigar cómo soy, ¿por qué no me preguntas y te digo todo?” “¿Para qué sirve saber lo que haces?” “¿Ustedes no estudian restos arqueológicos?”

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Creo que este manejo de diferentes posiciones en el campo y de perspectivas, como me había enseñado Renato Rosaldo, incluso en un campo como el urbano propio donde somos muy autoconscientes, invita a tomar las cosas con humor, pero sobre todo con humor sobre uno mismo, para descubrir la ironía del trabajo antropológico y su intento de definir “al otro” y los distintos campos de poder donde el antropólogo tiene el capital simbólico de ser un “académico” y lo pierde ante el informante que tiene el “conocimiento” que el investigador busca. Tom me decía que valoraría mis propias experiencias como habitante de Lima y mi propio pasado para encontrar, también dentro de mí, al antropólogo que elaborase mejores preguntas y entendiera las respuestas. Era en nuestras conversaciones que descubríamos esa contradicción de ser “diferente, pero no tanto”, en que encontrábamos la antropología como un escenario en donde el antropólogo aprendía, efectivamente, a reírse de sí mismo porque se encontraba como un niño grande aprendiendo a partir de sus errores, su curiosidad, su fascinación y sus ganas de hacer amigos en ambientes nuevos, en donde nadie entiende qué hace un descendiente de Malinowski (en el trabajo de campo, Tom y yo aprendimos mucho a reírnos de nosotros mismos porque todo el mundo lo hacía: se reían de nosotros).

Cuando volví del trabajo de campo, nuevamente nos encontrábamos en la “bati-cueva”, como los dos niños que éramos, Tom y yo. Me sentía más confiado y hablamos con humor de nuestras experiencias como antropólogos inocentes. Como ambos jugamos muy mal el fútbol, compartíamos nuestras anécdotas cuando nos había tocado ser invitados a jugar durante nuestros respectivos trabajos de campo y ambos habíamos impresionado a todos por nuestro fracaso en ser Messi. Aun siendo “nativo”, yo había aprendido mucho en el campo, entre otras cosas a reírme de mí mismo. Yo bromeaba con Tom y le decía que me parecía que él había aprendido su entrañable silencio en su trabajo de campo en Bolivia. Una vez le comenté: “A veces pienso que en Bolivia has aprendido que el silencio es también una forma de comunicación, que a la vez que te permite escuchar y no tener que dar demasiadas explicaciones y a usar el mínimo de palabras”. El me miró con sus ojos graciosos y me respondió “sí”, y con una sonrisa traviesa desapareció bajo la lluvia de Nueva York.

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Fuente: Cultural Anthropology/ Edición: Tara Valencia

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