por Stephen Chen
Cada marzo, muchas de las universidades más selectivas del país publican sus decisiones de admisión, reavivando los debates sobre el papel de la raza, la riqueza y el privilegio, y poniendo de nuevo en el centro de atención la obsesión cultural de los estadounidenses con los rankings.
Mientras tanto, en muchos hogares y escuelas surgirá un conjunto de preguntas más personales: ¿Quién entró en una escuela “mejor” y por qué? Y para aquellos que no lo lograron, ¿qué hacer con el sueño de una universidad pospuesto? Lo que falta son preguntas más fundamentales sobre los costos de luchar por el estatus y cómo saber cuándo detenerse.
Desde mi vida anterior como consejero universitario hasta la actual como profesor de psicología, he pasado más de dos décadas trabajando con familias asiático-americanas, el grupo demográfico que a menudo se encuentra en el centro de los debates sobre las admisiones universitarias. Escucho cómo lidian con cuestiones de raza, estatus social y quién logra el éxito en Estados Unidos y por qué. También he visto de primera mano, tanto dentro como fuera del laboratorio de investigación, cómo la búsqueda interminable de logros de algunos estudiantes afecta su salud mental.
El frenesí de los estadounidenses por las admisiones universitarias puede ser una aflicción relativamente moderna, pero la lucha por el estatus es eterna y universal, y puede beneficiarse de la sabiduría de los textos antiguos. Es por eso que, en la investigación de mi equipo con familias asiático-americanas, incorporamos al filósofo chino Laozi a la conversación. A través del Daodejing, uno de los textos centrales del taoísmo, Laozi ofrece perspectivas de un período tumultuoso de lucha por el estatus en la historia china, y cambia nuestro enfoque de la comparación y la competencia hacia la satisfacción.
El marco del éxito
En entrevistas con padres, niños y adolescentes asiático-americanos durante los últimos diez años, escucho ecos de lo que las sociólogas Jennifer Lee y Min Zhou llaman el “marco del éxito asiático-americano”: el éxito definido por credenciales educativas de élite, títulos de posgrado y ocupaciones selectas. Su investigación muestra cómo este marco es respaldado por asiático-americanos de diferentes grupos étnicos, generaciones y niveles socioeconómicos.
Las entrevistas en curso de mi equipo, a su vez, proporcionan una ventana a cómo se promueve esa idea de éxito. Una madre le dijo a su hijo de once años que su deseo es que él no busque un doctorado en medicina (M.D.) o un doctorado de investigación (Ph.D.), sino ambos. Otra madre de una joven de 16 años con las solicitudes universitarias en el horizonte la desanimó de postularse a universidades estatales, porque había oído que algunos reclutadores de empleo solo consideran currículums de la Ivy League.
Estas conversaciones rara vez mencionan el costo de perseguir estos puntos de referencia de éxito tan específicos y ambiciosos. Más bien, esto sale a la luz cuando hablamos con los padres individualmente sobre sus propias experiencias. Uno lamentó ser médico, pero no el tipo de médico “adecuado”; otro mencionó haber obtenido un doctorado, pero no de la mejor escuela; otro más describió haber conseguido el trabajo que buscaba cuando emigró a Estados Unidos, solo para encontrarse con “techos de bambú” en su carrera.
Cada una de estas comparaciones involucra un estatus social relativo o subjetivo: no cuánta educación, riqueza o prestigio tienen las personas en realidad, sino cuánto creen que tienen en relación con los demás. Décadas de investigación indican que pensar que tienes un estatus relativo más bajo afecta de manera única la salud mental y física.
Veo esto también en los estudios de mi laboratorio: los padres que se perciben a sí mismos con un estatus social subjetivo más bajo reportan más síntomas depresivos, y los niños que se perciben con un estatus relativo bajo reportan más soledad, incluso cuando se tienen en cuenta los niveles reales de ingresos y educación de las familias.
Asimismo, las académicas Zhou y Lee identifican luchas similares entre los asiático-americanos que cargan con el peso de estas comparaciones sociales. Una mujer que asistió a una universidad de menor rango que los miembros de su familia dijo a los investigadores que “se siente como la ‘oveja negra’ de la familia”; un hombre rechazado de programas de doctorado de élite se considera un fracaso por “solo tener una licenciatura”.
La escalada interminable de las comparaciones de estatus puede ser una carga aplastante, y aquí es donde Laozi entra en la conversación.
Los peligros del deseo
Según algunos relatos, Laozi fue contemporáneo de Confucio en el siglo VI a.C., aunque los detalles de su biografía son más legendarios que fácticos. Tradicionalmente, ha sido venerado como el autor del Daodejing, un texto fundacional del taoísmo: una tradición filosófica y religiosa china centrada en seguir el “dao” o “el camino” de la naturaleza. El consenso general de la academia moderna, sin embargo, es que el Daodejing refleja el trabajo de generaciones de pensadores y editores.
La mayoría de los estudiosos datan la composición del Daodejing en el período de los Reinos Combatientes de China (475-221 a.C.). Fue una época de tremendos cambios tecnológicos, económicos y políticos, donde las competencias por el estatus se libraban en el campo de batalla. Dado este contexto histórico, no sorprende que gran parte de las reflexiones del texto se dediquen a la búsqueda de estatus y al lado oscuro del deseo humano.
Por ejemplo, el Daodejing critica a la clase gobernante y su sistema de reclutamiento de talentos por ofrecer marcadores de estatus tentadores que nunca podrían alcanzarse por completo. Soñar con el prestigio podría sentirse como un asalto total a los sentidos, como se captura en la luminosa traducción de Ken Liu: “Una profusión de colores ciega el ojo./ Una cacofonía de ruidos ensordece el oído./ Una inundación de sabores entumece la lengua./ Corriendo y persiguiendo, la mente se inquieta./ Anhelando y deseando, el corazón se pierde en caminos tortuosos”.
El Daodejing puede ser un texto antiguo, pero parte de su atractivo duradero es su atemporalidad. A través de la prosa de Liu, podemos imaginar fácilmente a Laozi criticando la profusión actual de videos de influencers universitarios, la cacofonía de hilos de Reddit que pregonan estrategias de admisión y a los estudiantes de secundaria corriendo y persiguiendo un currículum perfecto.
Laozi ve claramente la naturaleza sísifa del logro: que inevitablemente conduce a desear más. Ofrece una advertencia tajante: “Cuanto más deseas, más cuesta./ Cuanto más acumulas, más desperdiciarás”.
Críticamente, como argumenta la filósofa Curie Virág, Laozi no sugiere que la gente abandone el deseo por completo. Más bien, nuestros deseos más verdaderos solo pueden descubrirse cuando nos hemos liberado de los impuestos por la sociedad. Y es la satisfacción de estos verdaderos deseos lo que puede conducir al bienestar.
Preguntas más profundas
En el estudio en curso de mi equipo de investigación con padres y adolescentes chino-americanos, presentamos una frase que resume una de las enseñanzas centrales del Daodejing: que la contentitud —conocer o dominar la satisfacción— conduce a la felicidad. Luego pedimos a los padres que expliquen a sus hijos lo que creen que significa y si están de acuerdo o no.
La mayoría de los padres están familiarizados con la frase. Algunos la respaldan, mientras que otros añaden salvedades. Estar satisfecho es diferente a ser perezoso, enfatizan algunos; no es una excusa para dejar de esforzarse. Muchos luchan por articular las distinciones entre la satisfacción, la pereza y la ambición saludable; y como psicólogo, admito que estoy en la misma situación.
Desearía que Laozi proporcionara una definición clara de satisfacción, y mejor aún, una fórmula para encontrarla. Pero el Daodejing es más descriptivo que prescriptivo: menos un “cómo hacer” y más un “qué es”. En la descripción de Liu, el texto es la invitación de Laozi a una conversación, y permite que nuestras preguntas más profundas salgan a la superficie. Debajo de la carrera por el rango y el estatus, ¿qué es lo que realmente deseamos y cómo lo encontramos?
Estas son preguntas difíciles de responder para cualquier padre. Pero si estamos dispuestos a iniciar la conversación, podemos empezar por hacérnoslas primero a nosotros mismos.
The Conversation. Traducción: Mara Taylor