por Farah N. Jan
Poco después del inicio de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026, con misiles dirigidos a ciudades de todo el país, algunos de los cuales mataron al Líder Supremo, el Ayatolá Ali Jamenei, el presidente Donald Trump declaró que el objetivo era destruir las capacidades militares de Irán y dar lugar a un cambio de gobierno.
Presentando la operación como una guerra de liberación, Trump instó a los iraníes a “tomar el control de su gobierno”.
Tan solo en los primeros días, Israel lanzó más de 2000 bombas sobre objetivos iraníes, lo que equivale a la mitad del tonelaje del conflicto de doce días entre Israel e Irán en junio de 2025. Mientras tanto, los intensos bombardeos estadounidenses han tenido como objetivo a la Guardia Revolucionaria de Irán, así como sitios de misiles balísticos y defensa aérea.
La destrucción es real. Pero, como académica de relaciones internacionales, sé que la destrucción no es lo mismo que el éxito político. Y el registro histórico de las campañas de bombardeo de Estados Unidos destinadas al cambio de régimen muestra que la brecha entre ambos —el punto en el que las campañas de Afganistán, Irak y Libia se estancaron— es donde las guerras van a morir.
La destrucción no es estrategia
Décadas de estudios que se remontan a la Primera Guerra Mundial sobre el uso del poder aéreo para forzar cambios políticos han establecido un hallazgo consistente: el bombardeo puede degradar la capacidad militar y destruir la infraestructura, pero no produce gobiernos más cooperativos con el atacante.
Los resultados políticos requieren procesos políticos: negociación, construcción de instituciones, transiciones de poder legítimas.
Las bombas no pueden crear nada de esto. En cambio, lo que crean de manera fiable es destrucción, y la destrucción genera su propia dinámica: cohesión entre la población, vacíos de poder, radicalización y ciclos de represalia.
El historial estadounidense lo confirma. En 2003, la administración de George W. Bush lanzó “Conmoción y Pavor” en Irak con el objetivo explícito de un cambio de régimen. El objetivo militar se logró en semanas. El objetivo político nunca se alcanzó.
La decisión de Estados Unidos de disolver el ejército iraquí creó un vacío llenado no por reformistas democráticos, sino por milicias sectarias y, eventualmente, por el ISIS. El régimen que surgió finalmente no fue amistoso con los intereses estadounidenses; estaba profundamente influenciado por Irán.
En 2011, la administración Obama lideró una campaña aérea de la OTAN en Libia que pasó rápidamente de la protección de civiles al cambio de régimen. El dictador Moammar Gadafi fue derrocado y asesinado.
Pero no había un plan para la transición política. El caos y la inestabilidad política han persistido desde entonces. Al preguntarle cuál fue su “peor error” como presidente, Barack Obama dijo: “Probablemente no haber planeado el día después de lo que creo que fue lo correcto, intervenir en Libia”. Hoy Libia sigue siendo un estado fallido.
La intervención también envió una señal poderosa a los países que buscan armas nucleares: Gadafi había desmantelado su programa nuclear en 2003. Ocho años después, la OTAN destruyó su régimen.
Incluso Kosovo, a menudo citado como el caso de éxito del poder aéreo coercitivo, debilita el argumento. Setenta y ocho días de bombardeos de la OTAN no obligaron, por sí solos, a Slobodan Milosevic, presidente de la República Federal de Yugoslavia, a retirarse.
Lo que cambió fue la amenaza creíble de una invasión terrestre combinada con el retiro del apoyo diplomático de Rusia. El resultado político —una estatalidad disputada, tensiones étnicas continuas— dista mucho de ser el gobierno estable que prometen los defensores del poder aéreo.
El patrón es consistente: Estados Unidos confunde repetidamente su capacidad inigualable de destruir desde el aire con la habilidad de dictar resultados políticos.
¿Por qué esta guerra?
Los recientes ataques de Estados Unidos contra Irán plantean una pregunta fundamental: ¿Por qué está Estados Unidos librando esta guerra?
La administración ha declarado el cambio de régimen como su objetivo, justificando la campaña basándose en el programa nuclear y las capacidades de misiles de Irán.
Pero ese programa nuclear se estaba negociando activamente en Ginebra días antes de los ataques. Y el ministro de relaciones exteriores de Irán dijo a NBC que ambas partes estaban cerca de un acuerdo. Entonces cayeron las bombas.
Irán no atacó a Estados Unidos. Y actualmente no tiene la capacidad de amenazar el territorio estadounidense. Lo que Irán desafía es el dominio militar regional de Israel, y creo que es el objetivo de Israel de neutralizar a un rival lo que está impulsando esta operación.
Israel apuntó a treinta líderes iraníes de alto rango en los ataques iniciales. Funcionarios israelíes lo describieron como un ataque preventivo para “eliminar las amenazas al Estado de Israel”. Veo la lógica estratégica de estos asesinatos como israelí, y los estadounidenses están absorbiendo los costos.
Las bases militares estadounidenses en Bahréin, Qatar, Kuwait, los EAU, Jordania y Arabia Saudita han recibido fuego de misiles iraníes. Miembros del servicio estadounidense están en peligro (tres ya han muerto) no porque Irán los haya atacado, sino, creo yo, porque su presidente los comprometió en la guerra de alguien más sin un final claro.
Cada paso coercitivo en este conflicto —desde la retirada del acuerdo nuclear en 2018, hasta el asesinato en 2020 de Qasem Soleimani, el comandante militar más poderoso de Irán, hasta los ataques de junio de 2025— fue presentado como una forma de recuperar influencia.
Cada uno produjo lo contrario, eliminando las vías de escape diplomáticas y acelerando las mismas amenazas que pretendía contener.
El régimen no es un solo hombre
Los ataques de decapitación asumen que eliminar a un líder elimina el obstáculo para el cambio político. Pero el sistema político de Irán es institucional: el Consejo de Guardianes, la Asamblea de Expertos y la Guardia Revolucionaria han sobrevivido durante cuatro décadas.
El sistema tiene mecanismos de sucesión, pero fueron diseñados para transiciones ordenadas, no para un bombardeo activo. El grupo con más probabilidades de llenar el vacío es la Guardia Revolucionaria, cuyo interés institucional reside en la escalada, no en la acomodación.
Hay una ironía más profunda. Las mayores protestas desde 1979 recorrieron Irán hace solo unas semanas. Una auténtica oposición interna estaba creciendo. Los ataques casi con seguridad han destruido las perspectivas de ese movimiento.
Décadas de investigación sobre el efecto de “agrupamiento en torno a la bandera”, la tendencia de las poblaciones a unirse detrás de su gobierno cuando son atacadas por una potencia extranjera, confirman que los ataques externos fusionan régimen y nación, incluso cuando los ciudadanos desprecian a sus líderes.
Los iraníes que coreaban “muerte al dictador” ahora ven cómo caen bombas extranjeras sobre sus ciudades durante el Ramadán, escuchando informes de más de cien niñas muertos en un ataque a una escuela de niñas en Minab.
El llamado de Trump a los iraníes para que “tomen el control de su destino” evoca un patrón familiar. En 1953, la CIA derrocó al primer ministro democráticamente electo de Irán en nombre de la libertad. Eso produjo al Shah; el reinado brutal del Shah condujo a la Revolución Iraní en 1979, y la revolución produjo la República Islámica que ahora está siendo bombardeada. ¿Qué viene después? ¿Y qué garantía hay de que lo que surja sea más amistoso con Israel o Estados Unidos?
¿Cómo es el éxito?
Esta es la pregunta que nadie en Washington ha respondido. Si el objetivo es el cambio de régimen, ¿quién gobernará a 92 millones de personas después?
Si el objetivo es la estabilidad, ¿por qué las bases estadounidenses en todo el Medio Oriente están recibiendo fuego de misiles?
No existe una teoría estadounidense de un desenlace político en Irán, solo una teoría de destrucción. Esa teoría ha sido probada en Afganistán, Irak y Libia, y en el propio Irán durante los ocho meses anteriores. Ha fallado cada vez, no por una mala ejecución, sino porque la premisa es defectuosa.
El poder aéreo puede arrasar la infraestructura de un gobierno. No puede construir el orden político que debe reemplazarlo. Irán, con su ejército sofisticado, su capacidad casi nuclear, sus redes de aliados en toda la región y un régimen ahora martirizado por un ataque extranjero, probablemente no será la excepción.
La ley estadounidense prohíbe el asesinato de líderes extranjeros y, en su lugar, Israel mató al líder supremo de Irán mientras los aviones de guerra estadounidenses llenaban los cielos. Washington ha calificado el resultado como una libertad al alcance de la mano, pero no ha respondido a la única pregunta que importa: ¿Qué viene después?
The Conversation. Traducción: Tara Valencia