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Amnesia de desastre

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por Francis Provenzano

Solo hizo falta una hora.

En la noche del 14 de julio de 2025, cayeron 2.07 pulgadas de lluvia sobre Central Park en apenas sesenta minutos. Según la física planetaria, fue una simple redistribución de humedad. Según los estándares del sistema de alcantarillado de Nueva York, fue una crisis. No de las poéticas, no de las que amenazan a las generaciones futuras. Una crisis real. De esas en las que el agua te llega al tobillo en el bar de la esquina. De las que te dejan atrapado en un vagón del metro. De las que revelan, otra vez, que no había presupuesto para esto.

Esta vez el agua no se filtró, sino que irrumpió. Se coló en las estaciones de metro como si la ciudad hubiera provocado la ira de Poseidón y dejado la puerta entreabierta. Los pasajeros se aferraban a los pasamanos dentro de vagones inundados. Las arterias centrales de Manhattan colapsaron. Newark y Hoboken se convirtieron en experimentos de bañera. Dos personas murieron en Plainfield. Y como siempre, el parte posterior fue técnico: 16 millones de galones bombeados del metro. Hasta 6.5 pulgadas de lluvia en partes de Nueva Jersey. “Lluvia récord”, decimos. Pero lo dijimos también en 2021. Y en 2023. Y el año pasado. El problema no es la sorpresa. El problema es seguir fingiendo que nos sorprende.

El sistema de alcantarillado de Nueva York fue diseñado para soportar hasta 1.75 pulgadas de lluvia por hora. Es un sueño de mediados del siglo XX enfrentado a tormentas del siglo XXI. La tormenta de 2025, como Ida antes, se burló de esa matemática. El cambio climático ya no es una predicción. Es un hecho brutal, y la infraestructura de la ciudad es su chiste más triste. El Estado no ha repensado el sistema; solo lo ha parcheado, como un inquilino de cuarenta años que echa posos de café por una tubería oxidada esperando que no explote.

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Hay un término en los estudios sobre catástrofes: amnesia de desastre. Es la rapidez con la que una sociedad olvida las lecciones del colapso. Nueva York vive en su propio apagón de memoria. Después del huracán Ida, que inundó sótanos y mató a once personas en 2021, se prometió todo. Mejor drenaje. Más infraestructura verde. Sistemas de alerta temprana. Pero en 2025, las mejoras principales parecen haber ocurrido en la frecuencia de los comunicados de prensa, no en la resistencia de las cañerías. El financiamiento sigue siendo mínimo. Mientras tanto, el desarrollo urbano avanza sin pausa, cubriendo con cemento cada superficie que podría haber absorbido una gota.

Esta es la economía política del ahogo. Nuestra respuesta a la catástrofe no es invertir, sino improvisar. Metro-North suspende servicios. La MTA tuitea disculpas. El Departamento de Transporte pone conos naranjas. FEMA se prepara para la próxima. Nadie quiere decir lo que esto realmente es: un colapso lento vestido con chaleco reflectante.

Y lo peor: los más vulnerables siempre se llevan la peor parte. El ayudante de bar que cierra el local con el agua hasta los tobillos. La enfermera que no puede llegar a su turno porque el tren 2 está bajo el agua. La familia inmigrante en la calle Chestnut viendo cómo el agua sube hasta la manija de la puerta. Llamamos a esto desastres naturales, pero sus consecuencias están diseñadas socialmente. Las inundaciones revelan las formas de la desigualdad como pocas cosas: quién vive en el sótano, quién se queda atrapado en el tren, quién tiene recursos para empezar de nuevo.

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Uno pensaría que la ciudad más rica del país, hogar de condominios de mil millones de dólares con seguridad biométrica, tendría al menos la previsión de mantener el agua fuera de sus túneles de transporte. Pero la infraestructura estadounidense es un monumento al mantenimiento postergado. El metro necesita miles de millones. Las alcantarillas necesitan miles de millones. La vivienda pública, el transporte público, lo público en general: todo necesita miles de millones. El sector privado, mientras tanto, recibe subsidios. Exenciones fiscales. Rezonificaciones de lujo. La historia es conocida.

Y así la ciudad vuelve a inundarse. Fotografíamos las escaleras llenas de agua. Hacemos chistes sobre Venecia. Usamos hashtags de resiliencia. Pero el significado de resiliencia ha cambiado en silencio. Ya no significa construir mejores sistemas. Significa soportar los que ya están rotos.

Las inundaciones de 2025 no son una anomalía. Son un anticipo. Son el acto de apertura de una tragedia lenta y húmeda llamada “vida en el Antropoceno”. Lo que impacta no es el agua: es la impotencia. La completa previsibilidad de todo esto. La sensación de que, pese a los datos, los científicos, el cielo verde visible, seguimos viviendo en una cultura política alérgica a la prevención.

El desastre, en Nueva York, siempre se trata como una fiesta sorpresa. Y sin embargo, llega puntual, todos los años.

Pero algo más se filtra con el agua. No solo moho, también posibilidad. La ciudad tiene una larga tradición de aprender tarde y actuar rápido. Hizo falta un apagón para reformar la red eléctrica, una tormenta de nieve para reestructurar el sistema de limpieza. Tal vez haga falta inundar Penn Station dos veces en una década para aceptar de una vez que 1.75 pulgadas ya no es una cifra relevante.

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La lluvia va a seguir cayendo. La pregunta es si, por fin, decidimos construir una ciudad para el clima que tenemos y no para el clima que recordamos.

En inglés.

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