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La fiesta que nadie recordará

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por Tara Valencia

Tres países, tres estadios, tres ceremonias. Tres intentos de capturar el fuego. El resultado fue que nadie quemó nada y por ende no hubo ningún fuego que capturar. Se estima que más de 1200 millones de espectadores siguieron de algún modo la apertura del Mundial 2026, combinando la ceremonia del Estadio Azteca con el partido inaugural entre México y Sudáfrica. Para pensar el número, basta recordar que el Super Bowl de este año promedió unos 125 millones. El Mundial multiplicó por diez esa cifra y, sin embargo, si uno pregunta hoy qué imagen retiene de la inauguración, la respuesta suele ser una pausa. Un gesto vago. El recuerdo de haber visto algo sin poder precisar qué. Eso es, en sí mismo, el diagnóstico de una cobertura sin precedentes que no produjo ningún momento sin precedentes. Elvis Presley, en el Ed Sullivan Show de 1956, fue visto por 60 millones de personas en un país de 168 millones. La proporción no es muy distinta. La diferencia es que nadie que haya estado vivo en ese momento lo olvidó jamás. Los números del Mundial 2026, en cambio, son un récord que no dejará recuerdos valiosos.

La razón estructural del fracaso está en la decisión misma de fragmentar la ceremonia. Gianni Infantino anunció que las tres ceremonias “reflejarían la individualidad de cada nación y la unidad que define el torneo.” Es una frase que suena bien y no dice nada. La unidad requiere un centro de gravedad. Históricamente el ritual inaugural de un Mundial funcionó, cuando funcionó, porque concentraba la atención del planeta en un solo punto, durante un solo momento, produciendo la ilusión de simultaneidad que es la condición de posibilidad de cualquier experiencia colectiva. Tres ceremonias en dos días, en tres estadios, con tres elencos distintos, no es una solución creativa al desafío de la cogestión, sino la renuncia consciente a crear ese centro. El productor de las tres ceremonias fue Marco Balich, el mismo responsable de la apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina. Lo cual significa que hubo consistencia estética en el fracaso.

El caso más sintomático fue Los Ángeles. En el SoFi Stadium, la ceremonia previa al partido de Estados Unidos ante Paraguay incluyó a Katy Perry, Future, Anitta, LISA, Rema y Tyla. Una lista que parece generada algorítmicamente para satisfacer cuotas geográficas: K-pop, afrobeats, reggaeton, pop anglosajón, Brasil. El resultado fue lo que ocurre cuando la diversidad es una política de casting y no una condición de la forma. Perry, que interpretó “Wonder” con un niño noruego de diez años, fue recibida con comentarios en redes que la acusaban de desafinar en vivo o de usar playback (sí, ambas cosas, y a veces al mismo tiempo), mientras su vestido plateado inspiraba comparaciones con envoltorios de Hershey’s Kiss. Que el momento más comentado de la apertura de la sede anfitriona principal haya sido la indumentaria de una cantante en declive comercial lo dice todo sobre la capacidad de símbolo de este Mundial. La estética del Super Bowl, un espectáculo corporativo diseñado para no incomodar a nadie, tiene sus usos. Uno de esos usos no es abrir el torneo más grande del planeta.

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La ceremonia en el Estadio Azteca fue, por contraste, la más coherente. Shakira y Burna Boy interpretaron “Dai Dai”, el himno oficial del Mundial, en una ceremonia que incluyó también a Alejandro Fernández, J Balvin, Lila Downs, Los Ángeles Azules y Maná. Había ahí algo parecido a una identidad: el peso histórico del Azteca, la tradición latinoamericana del fútbol, una cierta continuidad entre el lugar y el repertorio. Pero incluso esa coherencia interna se diluyó en el formato general. Lo que sucede en un estadio cuando hay dos estadios más compitiendo por la misma atención no es un momento, sino un contenido, y el contenido, a diferencia del momento, puede pausarse, ignorarse y olvidarse. El partido inaugural en sí, que México ganó 2-0 ante Sudáfrica con tres expulsiones, cortes de Fox a publicidad durante las pausas de hidratación y controversias de VAR, terminó de fragmentar cualquier posibilidad de narrativa nítida. Un torneo no empieza con un partido, sino con la sensación de que algo ha cambiado. Esa sensación, aquí, nunca llegó.

El problema, sin embargo, no es solo estético. El Mundial 2026 no ocurre en el aire: ocurre en el aire específico del norte del continente americano en 2026, que es un aire particularmente enrarecido. Al comienzo del torneo ya circulaban abiertamente preocupaciones sobre restricciones migratorias, la relación entre el presidente de la FIFA Gianni Infantino y Donald Trump, y el contexto de los conflictos en Gaza e Irán. Pensar que un torneo organizado en un país en tensión permanente con el resto del mundo iba a producir una ceremonia de unidad convincente requiere una fe en el poder del espectáculo que ninguna experiencia histórica justifica. Alrededor de un cuarto de los países participantes en este Mundial enfrentan algún tipo de veto migratorio o restricción severa de visas bajo la administración Trump. Human Rights Watch documentó que entre enero de 2025 y marzo de 2026, ICE realizó 167.000 arrestos en las once ciudades sede de los partidos. Amnistía Internacional emitió una advertencia de viaje explícita para aficionados, jugadores y funcionarios con destino a Estados Unidos. En ese contexto, pedirle a Shakira que cante sobre la unidad del mundo es pedirle que sostenga una ficción muy difícil de sostener.

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El caso más revelador fue el del árbitro somalí Omar Artan, detenido en el aeropuerto internacional de Miami con la excusa de “preocupaciones de verificación” por parte de las autoridades estadounidenses. FIFA confirmó que no podría participar en el torneo. No hay precedentes de un árbitro oficial de FIFA siendo rechazado por el país anfitrión, ni siquiera en la Italia fascista de 1934 ni en la Argentina de la junta militar de 1978. Los equipos de Senegal y Uzbekistán fueron sometidos a controles de seguridad intensivos directamente en la pista, con escaneos en el tarmac al aterrizar en suelo estadounidense. Que el árbitro africano del año 2025 no haya podido ejercer su trabajo en este torneo no es una anécdota, sino la figura condensada de la contradicción que lo atraviesa todo. El fútbol, como cualquier práctica cultural global, presupone la libre circulación de sus actores. Un Mundial en el que esa circulación está condicionada por el origen nacional no es un Mundial en el sentido en que el término tiene algún valor simbólico. A lo sumo, es un torneo doméstico con invitados selectos.

Infantino lleva años construyendo una relación de subordinación explícita hacia Trump: alquila una oficina vacía en el Trump Tower, lo elogió como “hecho de la misma fibra que los atletas de élite”, y en diciembre, tras las quejas del presidente por no haber recibido el Nobel de la Paz, creó ex nihilo el “Premio FIFA de la Paz” y se lo entregó a Trump en la ceremonia del sorteo del Mundial. Infantino también llevó a Trump al campo durante la final del Club Mundial para que entregara el trofeo a Chelsea, en una escena que desconcertó a jugadores y espectadores por igual. La estrategia tiene una lógica: un presidente imprevisible que controla el aparato de seguridad, las visas y las relaciones laborales del país donde se juegan 78 de los 104 partidos del torneo es, efectivamente, una variable que conviene gestionar. La pregunta no es si Infantino tenía razones para acercarse a Trump. La pregunta es qué paga el fútbol por esa gestión. La respuesta parece ser que su credibilidad como espacio autónomo. La FIFA ya pasó por esto en Rusia y en Qatar. Lo que distingue a este caso es que, por primera vez, la corrupción del espíritu no es discreta. Es el discurso oficial.

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¿Por qué esta inauguración no será, digamos, Italia 90? No solo porque nadie iba a cantar el Nessun Dorma. Italia 90 dejó marca porque tenía identidad visual (el diseño de Otl Aicher para la identidad gráfica, el cartel de Franz Beckenbauer, la cadencia específica de esos partidos en los estadios del sur), porque Pavarotti ya existía y ese uso específico de su voz en ese contexto fue una colisión de registros que nadie esperaba, y porque el fútbol de ese torneo (defensivo, crispado, lleno de empates y penales) generó una tensión narrativa que la ceremonia inaugural anticipaba sin saberlo. La inauguración del Mundial 2026, en cambio, generó debate en redes sociales por razones que ningún analista cultural recordará en diez años: si Katy Perry cantó en vivo o no, y si su vestido parecía un chocolate. El algoritmo amplifica lo accidental y borra lo esencial. No está diseñado para producir memoria colectiva; está diseñado para producir reacciones individuales instantáneas. Un Mundial para la era del algoritmo es, por definición, un Mundial sin esa fuerte dimensión simbólica de los mundiales.

Nada de esto debería sorprender. La coherencia entre el contexto político y el resultado cultural es casi perfecta. Cuando la FIFA decide concentrar el grueso de un torneo en un país que está en guerra comercial con sus dos vecinos coanfitriones, cuyo presidente quiere “absorber” a Canadá y trata a México como una amenaza crónica, cuya política migratoria convierte a una cuarta parte de los equipos participantes en visitantes de segunda categoría, y cuyo jefe de Estado recibe premios de paz inventados por la propia organización que regula el deporte, cuando todo eso es el contexto, la inauguración que resulta es exactamente esta: tres fiestas que no suman una, un espectáculo que no se convierte en símbolo, una audiencia récord que no producirá un recuerdo colectivo. La Copa del Mundo siempre ha sido una ficción útil: la de un planeta que comparte algo más que una pelota. En 2026, el esfuerzo por sostener esa ficción se volvió visible, y lo visible, en política como en estética, es lo que ya no funciona.

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