por Matt Simon
Se yerguen a lo alto y se mecen con el viento y a menudo están repletos de pájaros que graznan, pero aun así es fácil ignorar a los árboles. Los habitantes de las ciudades pasan rápidamente junto a ellos sin darse cuenta y sin apreciar todo el trabajo que hacen: los árboles reducen las temperaturas, mitigan las inundaciones y proporcionan un hábitat para los animales.
Los líderes de las ciudades no son la excepción a esta omisión. Mientras alcaldes de todo el mundo se comprometen a reducir las emisiones municipales de gases de efecto invernadero, se están perdiendo de la oportunidad más evidente y accesible de reforzar los bosques urbanos, según argumentan docenas de científicos en un nuevo ensayo. “Tenemos que elevarlo de algo que es agradable tener a algo que exigimos, como obligatorio”, dijo Manuel Esperon-Rodriguez, ecólogo de la Universidad de Bangor en el Reino Unido y autor principal del artículo, publicado hoy en la revista PLOS Climate. “De la misma manera que tratamos la educación, la seguridad y el transporte, tiene que elevarse a ese nivel”.
¿Qué hace que la silvicultura urbana sea tan importante? Por un lado, los árboles enfrían significativamente la jungla de concreto al proporcionar sombra y liberar vapor de agua para “sudar”. Los parches de vegetación también permiten que el agua de lluvia se filtre en el suelo en lugar de acumularse e inundar; esa inversión por sí sola librará a las ciudades de daños económicos a medida que una atmósfera más cálida hace que la lluvia caiga con más fuerza. Pasar tiempo en los parques también mejora la salud mental, mientras que las granjas urbanas producen alimentos nutritivos y crean empleos. Plantar árboles, especialmente especies nativas, también proporciona refugio y alimento para la fauna. Al mismo tiempo, la vegetación absorbe contaminantes, mejorando la calidad del aire para todos.
Estos científicos han trazado un enfoque de cuatro puntos para financiar, cultivar y mantener los bosques urbanos. Esto, por cierto, incluye árboles individuales en las aceras, parques y zonas arboladas de las ciudades. Pero en realidad se trata de toda la vegetación —no solo árboles, sino también arbustos— dentro de los límites de la ciudad, ya sea en el patio trasero de alguien o creciendo en el camellón de una calle.

El primer obstáculo es invertir en esto. La dasonomía urbana no se trata solo de comprar un montón de árboles y contratar gente para que los ponga en la tierra. Se necesitan recursos para mantenerlos, especialmente cuando son recién plantados y aún no están establecidos, por lo que son más vulnerables a tensiones como las plagas. El dinero puede provenir (y proviene) de financiadores privados, pero ese dinero no siempre es una garantía. Por lo tanto, los gobiernos de las ciudades deberían reservar dinero para estos espacios verdes, argumentan los investigadores. “Decimos que tiene que ser infraestructura crítica, porque entonces necesitamos un presupuesto especial dedicado exclusivamente a ellos”, dijo Esperon-Rodriguez.
Incluso para los gobiernos con escasez de fondos, esta es una inversión que ha demostrado rendir dividendos: un informe reciente encontró que por cada dólar destinado a parques y recreación, las ciudades cosechan 3 dólares en beneficios económicos locales cada año. Esto se debe a que los espacios verdes animan a la gente a hacer ejercicio, apoyando la salud pública y reduciendo los costos asociados con estilos de vida sedentarios. Al atraer a residentes locales y turistas, los parques también impulsan la actividad económica a medida que las personas se desplazan a los vecindarios circundantes para comprar o almorzar. Así que, aunque sí cuesta dinero plantar y mantener esta vegetación, a la ciudad le conviene hacerlo.
Los alcaldes deben asegurarse de que estos dominios florezcan de manera equitativa, añaden los científicos. Las zonas más ricas tienden a ser mucho más verdes y, por lo tanto, más frescas que los vecindarios desatendidos. Las personas que no pueden permitirse el aire acondicionado corren un mayor riesgo ante el efecto de isla de calor urbana, o la tendencia del entorno construido a absorber la energía del sol durante todo el día y liberarla durante la noche. “¿Cuál es el costo entonces?”, preguntó Esperon-Rodriguez. “Están perdiendo oportunidades, están perdiendo actividades recreativas. Y si no tienen aire acondicionado, además de eso está el problema de la salud”.
Sin embargo, las autoridades no pueden simplemente llegar a un vecindario y plantar árboles; el ensayo argumenta que las ciudades tienen que colaborar con sus comunidades en las estrategias para hacerlo. Algunas personas podrían querer más árboles frutales, por ejemplo, mientras que otras podrían oponerse a que las cerezas se aplasten en la acera. A algunos les podrían preocupar sus alergias y pedir árboles que no liberen tanto polen.
Esperon-Rodriguez añade que expandir la cubierta arbolada a través de una metrópoli, y hacerlo de manera equitativa, debe consagrarse de alguna manera. Es decir, no puede ser solo la promesa de un candidato a alcalde de aumentar la cobertura de árboles en un 30 por ciento, sino algo legislado. Esto no solo es más duradero a lo largo de los años, y con suerte de las décadas, sino que ayuda a los ciudadanos a exigir cuentas a los funcionarios electos si no están cumpliendo los objetivos, dijo Esperon-Rodriguez.
En general, estas campañas deben estar basadas en evidencia, argumenta el ensayo. Las ciudades, por ejemplo, tienen que identificar no solo las especies de árboles que prefieren las comunidades, sino aquellas que realmente sobrevivirán a temperaturas cada vez más altas. No se trata solo de pensar en aumentar la cubierta arbolada a corto plazo para cumplir alguna meta, sino de asegurarse de que las ciudades sean más verdosas y seguras a largo plazo. “Es una forma de garantizar”, dijo Esperon-Rodriguez, “que lo que sea que estemos plantando hoy vaya a sobrevivir los próximos diez, veinte o cincuenta años”.
Grist. Traducción: Horacio Shawn-Pérez