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A nadie le gusta que le tomen por tonto

Publicado el

por Greg Miller

¿Qué te haría sentir peor? ¿Perder 100 dólares a manos de un carterista en una calle concurrida o donar 100 dólares a una entidad benéfica para luego enterarte de que era una estafa? Para muchas personas, es esto último. Que alguien en quien decidiste confiar te engañe resulta distintivamente enfurecedor.

Ser embaucado desencadena emociones intensas, y no solo furia. Los investigadores que estudian los ciberdelitos han estado documentando una serie de efectos en la salud mental y física de las víctimas de estafas. Sin embargo, aunque está claro que vale la pena ser escéptico, especialmente a medida que las estafas en línea se proliferan y se vuelven cada vez más sofisticadas, las investigaciones sugieren que también hay un precio que pagar por ser demasiado cauteloso. Cuando el temor a ser embaucado cobra demasiada importancia, altera la toma de decisiones y el comportamiento de las personas de formas potencialmente perjudiciales, con implicaciones poco valoradas para la ley, las políticas públicas y la sociedad en su conjunto.

“Es un dilema muy básico al que la gente se enfrenta continuamente”, señala Carsten De Dreu, científico del comportamiento de la Universidad de Groninga en los Países Bajos. Cuando le extiendes tu confianza a alguien y esta persona te corresponde, ambos salen ganando, explica De Dreu. Pero cuando las personas tienen un miedo excesivo a ser embaucadas, “puede que no se den a conocer, que no comiencen a colaborar y, por lo tanto, todo este ciclo positivo de reciprocidad y beneficio mutuo no pueda evolucionar”.

El primo al espejo

Sentirse embaucado no surge únicamente de las estafas donde se pierde dinero. Las experiencias cotidianas pueden evocar las mismas emociones. Podrías sentirlo en tu viaje diario al trabajo después de pisar el freno para dejar que algún desconsiderado se te meta enfrente. O después de hacer la parte más difícil de un proyecto laboral y que tus compañeros perezosos reciban una parte igual del crédito.

Existe una razón para esa dosis extra de irritación. “La diferencia entre ser engañado y otras formas de explotación es que, cuando las personas se sienten engañadas, ven un elemento de sí mismas en lo que ocurrió”, explica Kathleen Vohs, psicóloga social de la Universidad de Minnesota. “Consideran que sus propios comportamientos fueron de algún modo cómplices de lo que les sucedió”.

Incluso en el contexto de un experimento de psicología con relativamente poco en juego, ser embaucado realmente saca de quicio a la gente. Durante muchas décadas, los psicólogos sociales y los economistas del comportamiento han estado investigando la mecánica de la cooperación humana con juegos de confianza. En una configuración típica, la gente puede elegir entre cooperar con un grupo de otros participantes para repartir equitativamente una ganancia monetaria o desertar. Los desertores reciben más dinero para sí mismos, pero reducen el pago para el grupo, convirtiéndolos eficazmente en tontos. En un estudio temprano, publicado en 1977, los investigadores se quedaron atónitos por la fuerza con la que reaccionaron algunos sujetos. No era raro “que la gente quisiera salir del edificio experimental por la puerta trasera, [o] que afirmara que no deseaba ver a los ‘hijos de perra’ que los habían traicionado”, escribieron.

Tales estudios también sugieren que la perspectiva de ser embaucado reduce la disposición de la gente a cooperar. En uno de los primeros estudios que indagó sobre este “efecto tonto”, los investigadores pidieron a los participantes que apretaran rápidamente dos pelotas de goma, como las que se usan para inflar los manguitos de presión arterial, conectadas a una misteriosa caja etiquetada como FLUJÓMETRO. Se les dijo a los participantes que podían ganar dinero en función de la cantidad de aire que ellos y un compañero no visible bombearan en un período de 30 segundos. Los sujetos a quienes se les hizo creer que su compañero era menos capaz de realizar esta tarea bombearon con vigor, aparentemente dispuestos a compensar. Pero aquellos que creían que tenían un compañero capaz pero perezoso también se relajaron, renunciando así a una ganancia financiera con tal de evitar sentirse embaucados.

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En un artículo de 2007, Vohs y dos colegas acuñaron un término para describir este miedo anticipatorio a ser embaucado: sugrofobia (del latín sugro, chupar o succionar, que acá puede traducirse como tontofobia). Es algo bueno de tener, al menos en la medida adecuada. “La tontofobia es adaptativa, sin duda”, dice Vohs. “Aunque, como la mayoría de los rasgos psicológicos, es adaptativa en ciertas dosis: ni demasiado ni muy poco”.

Demasiada tontofobia puede interferir con la capacidad de las personas para tomar decisiones financieras racionales, por ejemplo. Para un estudio, los investigadores observaron si las personas estaban dispuestas a invertir dinero en una empresa hipotética. Los participantes invirtieron menos dinero en una empresa cuando se les dijo que el único riesgo era una pequeña probabilidad de pérdida debido a un fraude, que en otra empresa con un riesgo de pérdida idéntico, pero en este caso debido a las fuerzas del mercado.

Un estudio de 2017 encontró evidencia de dinámicas similares en el mundo real tras el escándalo Madoff (en la década de 1990 y principios de la de 2000, el asesor de inversiones Bernie Madoff estafó a clientes adinerados por miles de millones de dólares en el esquema Ponzi más grande de la historia). Utilizando documentos judiciales y presentaciones federales de instituciones financieras, los investigadores descubrieron que las personas que vivían en áreas con una alta concentración de clientes de Madoff (donde, según razonaron los investigadores, más personas serían conscientes del fraude y tal vez tendrían una conexión con las víctimas) retiraron más dinero que las personas con circunstancias económicas similares en otras áreas. Las personas en el área de Madoff retiraron la enorme cantidad de 363 mil millones de dólares de cuentas con asesores de inversión después de que la estafa se hiciera pública en 2008, moviendo una parte significativa de ese dinero a la seguridad relativa de los bancos. Al hacerlo, es muy probable que muchos se hayan perdido grandes rendimientos a medida que el mercado de valores se recuperaba de la crisis inmobiliaria de 2008.

Efectos en la salud

Más recientemente, investigadores que trabajan directamente con víctimas de estafas han comenzado a armar un panorama de los variados impactos en la salud (físicos, emocionales y psicológicos) de ser embaucado. Los consumidores estadounidenses perdieron casi 200 mil millones de dólares por fraude en 2024, estima la Comisión Federal de Comercio. Muchas estafas comienzan ahora en línea, y los estafadores se están volviendo cada vez más sofisticados para dirigirse a grupos particulares, dice Marti DeLiema, gerontóloga que estudia el fraude financiero en la Universidad de Minnesota.

Los estafadores que ofrecen oportunidades de empleo falsas se dirigen a jóvenes que buscan trabajo en LinkedIn, por ejemplo, mientras que los que ofrecen soporte técnico o ayuda para invertir en criptomonedas tienden a dirigirse a adultos mayores con dificultades tecnológicas. “Ahora es fácil especializarse, gracias a la IA generativa”, señala DeLiema.

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La reacción de las personas al caer presa de una estafa varía ampliamente, indica Mark Button, criminólogo especializado en ciberdelincuencia y delitos económicos de la Universidad de Portsmouth en el Reino Unido. Los sentimientos de preocupación y estrés son comunes, encontraron Button y sus colegas en una encuesta reciente a más de 300 víctimas de estafas en el Reino Unido. En casos más extremos, las víctimas experimentaron pérdida de sueño, problemas digestivos y otras dolencias físicas. Algunas víctimas de estafas se aíslan socialmente, como ha demostrado el trabajo del grupo de Button. Eso puede llevar a un círculo vicioso, afirma: “Si estás solo, es más probable que te conviertas en víctima”.

Este impacto psicológico en las víctimas generalmente se corresponde con la cantidad de riqueza que han perdido, según sugiere la investigación de Button y otros, pero ese no es el único factor que influye en el alcance de los efectos. El dolor emocional puede ser especialmente agudo para quienes caen presa de estafas románticas o elaboradas estafas de inversión en las que el estafador trabaja para establecer una buena relación y desarrollar la confianza de la víctima a lo largo de meses o incluso años.

“Pierdes aquello que has estado esperando y con lo que has estado fantaseando durante meses”, explica DeLiema. Además, la pérdida financiera puede ser especialmente devastadora para las personas mayores, que tienen menos tiempo y oportunidades para reconstruir sus ahorros. “Eso va a dictar cómo vivirán el resto de sus vidas”, señala.

La vergüenza también entra en juego, y eso significa que muchos delitos de fraude nunca se denuncian, dice Tess Wilkinson-Ryan, profesora de derecho que estudia la psicología de la toma de decisiones legales en la Universidad de Pensilvania. “La gente se siente tan mal por la interacción que básicamente se siente avergonzada por ello y, por lo tanto, no habla del tema ni lo denuncia”, afirma. “Está estigmatizado, porque no solo te ocurrió algo malo, sino que dejaste que sucediera. Hay una especie de debilidad asociada a ello”.

Asignar la culpa

La psicología de ser embaucado tiene implicaciones para las negociaciones de contratos, los acuerdos de divorcio y otras áreas del derecho donde una parte considera que la otra intenta tomar una ventaja injusta, argumenta Wilkinson-Ryan en la Annual Review of Law and Social Science de 2025. Ella y otros estudian la toma de decisiones legales reclutando a personas del público general y pidiéndoles que evalúen escenarios legales realistas.

Quizá no sea sorprendente que un hallazgo común sea la disposición a castigar al infractor. En un estudio, Wilkinson-Ryan y un colega pidieron a los sujetos que evaluaran la imparcialidad de las propuestas para dividir la propiedad después de un divorcio. Se les instruyó que la parte que tuviera la culpa de la ruptura era irrelevante, como es típico en las leyes estatales. Aun así, los sujetos calificaron las propuestas hechas por un cónyuge infiel como menos razonables que la misma propuesta proveniente de un cónyuge no infiel.

Al mismo tiempo, los investigadores han descubierto una tendencia a culpar a la víctima. En un estudio de 2014, Wilkinson-Ryan preguntó a la gente quién tenía la culpa en un escenario hipotético en el que alguien había adquirido una tarjeta de crédito con un acuerdo que tenía términos desleales enterrados en la letra pequeña. La mayoría de la gente dijo que el cliente tenía la culpa porque debería haber leído el contrato más a fondo, a pesar de que muchos de ellos afirmaron que no era razonable esperar que alguien encontrara un término desleal enterrado en un contrato largo. El resultado, dice Wilkinson-Ryan, es que los consumidores rara vez impugnan contratos con malas condiciones, incluso cuando esas condiciones probablemente no se sostendrían en un tribunal.

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A mayor escala, la psicología del engaño puede influir en las políticas públicas, y no siempre para bien. Por ejemplo, el supuesto objetivo de verificar que los beneficiarios de la asistencia social cumplan con los requisitos de ingresos es evitar que la gente se aproveche injustamente de los programas sociales. Dicha prevención del fraude es una buena política, dice Wilkinson-Ryan. Pero cuando las medidas de detección de trampas terminan costando más que las trampas en sí, sostiene, terminan yendo en contra del bien público.

El miedo a ser embaucado también puede ser utilizado como arma por los políticos, escribe Wilkinson-Ryan en su libro de 2023, Fool Proof. Los políticos han utilizado durante mucho tiempo la retórica del engaño para conmocionar y convencer a la opinión pública. El presidente Donald Trump la ha utilizado una y otra vez para enardecer a sus bases, argumentando que los estadounidenses están siendo aprovechados por inmigrantes, programas gubernamentales desmedidos y una lista cambiante de países extranjeros. Esta retórica “apunta a una motivación humana fundamental y muy básica de no quedarse atrás, de no ser embaucado”, explica De Dreu. “Y eso la hace muy, muy motivadora para actuar”.

También es muy eficaz para anular la empatía y la compasión sobre las que la gente podría actuar de otro modo, dice Wilkinson-Ryan. “Creo que esto se ve mucho en los debates sobre inmigración”, afirma, donde las personas que llegan a los Estados Unidos en busca de asilo humanitario o mejores oportunidades económicas son catalogadas de nuevo como criminales que vienen a quitarles el trabajo a los estadounidenses. “Debilita los impulsos que creo que de otro modo valoraríamos en nosotros mismos”.

Entonces, ¿cómo deberíamos navegar por el complejo torbellino de emociones en torno al hecho de ser embaucados en un mundo donde las estafas parecen estar en el aire que respiramos? Es razonable ser cauteloso, sostiene DeLiema, cuyo trabajo se centra ahora en intervenciones que podrían evitar que las personas caigan en estafas. “Hay un estafador para cada persona”, afirma. “¿Crees que eres inmune a las estafas? Es que no has conocido la estafadora adecuada para ti”, indica.

Al mismo tiempo, Wilkinson-Ryan insta a las personas a considerar el costo de estar demasiado desprevenidas o a la defensiva. El escepticismo saludable es absolutamente sensato, afirma. “Simplemente es una lección que se aprende en exceso y se traslada a estas áreas donde destruye lo que de otro modo serían compromisos sociales y morales totalmente razonables y meditados”.

Si la gente se tomara el tiempo para reflexionar, podría decidir que la experiencia que se está perdiendo es más importante que la pequeña posibilidad de que se aprovechen de ella, concluye Wilkinson-Ryan. “¿Qué tipo de experiencias humanas importantes nos estamos perdiendo porque la gente tiene miedo de ser engañada?”.

Knowable. Traducción: Clara Veldrán.

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