por Ana Gensane
Desde el mes de septiembre de 2026, la movilización estudiantil de secundaria se extiende en Francia, ganando progresivamente las universidades. El movimiento se acompaña de controversias sobre las intervenciones policiales. Es en este contexto en el que circula una fórmula que se ha vuelto emblemática: “Bismillah, son las tinieblas”.
Según los relatos consultables en línea, los mensajes que originaron la expresión habrían sido enviados por una cuenta de policías que buscaban ponerse en contacto con estudiantes movilizados. En otras palabras, un shibboleth (frase que solo puede ser utilizada correctamente por los miembros de un grupo determinado) fallido.
La expresión asocia una fórmula árabe habitual con una construcción francesa bastante coloquial, sin que su yuxtaposición produzca un sentido evidente, y es precisamente eso lo que causa risa. Si la frase se retoma, es porque divierte y plantea al mismo tiempo cuestiones serias: ¿qué muestra sobre la manera en que las instituciones buscan dirigirse a la juventud? ¿Qué estereotipos moviliza y por qué son de forma tan inmediata reconocibles?
Detrás de esta fórmula absurda se dibuja entonces una reflexión sobre el lenguaje, las representaciones sociales y las relaciones entre la juventud y las instituciones.
Una expresión absurda convertida en viral
Bismillah significa “en el nombre de Dios”. Se dice antes de emprender algo, en circunstancias que varían según las personas y los usos. El encuentro de esta fórmula con lo que sigue (“son las tinieblas”) da lugar a una frase cuya intención cuesta captar, pero que, en cualquier caso, parece querer sonar “joven”, o incluso sonar a barrio, a periferia, a banlieue.
Sea el enunciador un policía o no, verdaderamente se puede ver aquí una lección de comunicación: no se consigue credibilidad acumulando los supuestos signos de una supuesta pertenencia. En otras palabras, unas pocas palabras en árabe no bastan, pues además hay que saber lo que se dice.
¿Acaso se habrá utilizado a la incapaz IA para ayudar a su creación? Sea como fuere, la frase abandonó su contexto inicial, fue objeto de burlas y se transformó en un eslogan (eslóganes cuya creatividad es, por lo demás, muy elogiada en los medios de comunicación).
¿Un mal francés?
“Los jóvenes ya no saben hablar”. El diagnóstico es conocido y no es nuevo. Cada generación tiene sus inquietudes sobre la lengua de la siguiente. Sin embargo, la lengua está muy lejos de ser homogénea, las prácticas lingüísticas son diversas y el argot (compuesto, entre otras cosas, de préstamos vernáculos) siempre ha existido, permitiendo reconocerse entre iguales, bromear o, a veces todavía hoy, sí, no ser entendido por todo el mundo.

El francés que imaginamos estándar está hecho, él mismo, de préstamos. Por otra parte, a muy poca gente se le ocurriría reprochar a un ejecutivo que use un anglicismo en una reunión; en cambio, ciertas palabras asociadas (con razón o sin ella) a los jóvenes de los barrios populares son juzgadas rápidamente como vulgares o incomprensibles.
Atención, sin embargo: no se trata aquí de pretender que todas las formas de hablar sean utilizables en todas las circunstancias, pero cualquier hablante lo sabe perfectamente. Los sociolingüistas describen con facilidad cómo cada uno adapta su lenguaje a la situación, a menudo sin tan siquiera pensarlo. Esta aptitud forma parte del dominio de una lengua.
¿Una percepción sesgada de “la juventud”?
El desfase entre la supuesta intención de “Bismillah, son las tinieblas” y el resultado obtenido no puede dejar indiferente. Si la cuenta en el origen de los mensajes buscaba hacerse pasar por un estudiante de secundaria, erró su objetivo de una manera espectacular. Hablar como un adulto joven no consiste, en efecto, en pescar algunas expresiones de un repertorio imaginado, o incluso fantaseado: las palabras (¡incluso las de los jóvenes!) tienen su historia y su contexto.
Sería, por lo demás, descabellado pensar que los jóvenes (¿hasta qué edad se puede hablar de juventud?) hablan todos de la misma manera. La edad, el sexo, las amistades, los hábitos familiares, los lugares de residencia… todas las situaciones cuentan. No existe un hablar uniforme de los estudiantes de secundaria o de universidad, de la misma manera que no existe una forma única de hablar en los barrios populares (¿y de qué región de Francia?).
Es, sin embargo, esta supuesta lengua común la que las caricaturas lingüísticas ponen en escena, y en ellas se encontrarán a menudo los mismos ingredientes: expresiones árabes, algunas palabras en verlan, una familiaridad forzada y, bastante a menudo, una violencia que se atribuye de buen grado al célebre “joven de las periferias”.
Pues cabe añadir que el mensaje (al igual que otros mensajes, según los estudiantes) no se limita a unas pocas expresiones mal empleadas y a faltas de ortografía, aspectos importantes: asocia un nombre de pila de resonancia africana (“Mamadou”) y una bandera argelina (en emoticón). Presenta otras expresiones árabes tales como wallah y aïchek. El personaje construido de este modo no es un adolescente que se expresa mal: corresponde a esa figura del joven de los barrios populares supuestamente procedente de la inmigración, preferentemente musulmán y potencialmente violento.
Y si la frase hace reír es porque visibiliza esta fabricación fantaseada del joven. Nos parece, por tanto, que nos recuerda que las formas de hablar raras veces se juzgan independientemente de aquellos a quienes se asocian, y es ahí donde la broma da paso a una mayor gravedad.
Desenmascarar, desviar, acusar, reivindicar… y con humor
Retomada por los estudiantes de secundaria, la frase revistió otra función. Permite burlarse de policías infiltrados. El humor tiene esa ventaja: permite responder a lo que aquí ha sido juzgado como una agresión sin adoptar un tono demasiado grave. El humor hace eco, por lo demás, a las batallas de aura que tienen lugar durante los bloqueos y las manifestaciones.
Lo cierto es que la circulación de un meme (puesto que es en lo que se ha convertido esta expresión) no supone que todo el mundo le dé el mismo sentido, y eso es también lo que constituye su fuerza: lo bastante corta como para ser retomada por mucha gente, y lo bastante difusa como para que cualquiera pueda encontrar en ella su cuenta.
Por último, esta frase nos recuerda que el lenguaje no se reduce a un diccionario. Para entender una expresión, hay que saber quién la emplea, a quién se dirige el hablante y en qué circunstancias.
The Conversation. Traducción: Camille Searle.