por Alex H. Poole
El 31 de marzo de 2026, al presidente Donald Trump le preguntaron sobre los planes para su biblioteca presidencial, el archivo que los presidentes construyen para albergar los registros de su administración. Dijo que la suya muy probablemente sería un hotel, con “un hermoso edificio debajo y un 747 Air Force One en el vestíbulo”.
“No creo en construir bibliotecas ni museos”, dijo a los periodistas.
Los comentarios de Trump reflejan cómo se ha alejado de la actitud presidencial habitual y esperada hacia las bibliotecas de todo tipo. Como profesor de ciencia de la información, he analizado declaraciones de diecisiete presidentes, comenzando por Calvin Coolidge. Al revisar sus discursos, proclamaciones, mensajes y cartas en los Public Papers of the Presidents, el American Presidency Project, el Federal Register y los archivos y publicaciones de la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos (ALA), he descubierto que Trump ha roto con una tradición de un siglo. Casi todos los presidentes de ambos partidos desde 1923 han descrito las bibliotecas, ya sean públicas, académicas o presidenciales, como un requisito previo para una democracia sana y como un elemento crucial para mantener a una ciudadanía informada.
Trump, sin embargo, rara vez ha hablado de bibliotecas. Y cuando lo hizo, fue para desestimarlas.
Bibliotecas y democracia
En la década de 1920, el republicano Calvin Coolidge dijo que las bibliotecas públicas estaban “al alcance de casi todos” y contenían “los mejores libros y autoridades sobre cualquier tema”. Al utilizar estas instituciones, dijo, los ciudadanos podían evaluar “las propuestas actuales de mejora política”.
El demócrata Franklin D. Roosevelt retomó ese tema a medida que Estados Unidos se acercaba a la Segunda Guerra Mundial. En 1941, inauguró su propia biblioteca presidencial, la primera de lo que se convertiría en el sistema de los Archivos Nacionales. En la dedicación, FDR argumentó que las bibliotecas proliferaban en las democracias donde los ciudadanos se negaban a aceptar “la llamada información que les puedan entregar ciertos tipos de líderes autoconstituidos que deciden qué es lo mejor para ellos”.
La Guerra Fría reforzó el énfasis en las bibliotecas como algo fundamental para el autogobierno. El republicano Dwight D. Eisenhower temía la censura durante el Pánico Rojo e instó a una audiencia en 1953: “No se unan a los quemadores de libros”. También sentó un precedente para la ayuda federal a las bibliotecas al firmar la Ley de Servicios de Bibliotecas de 1956, que autorizó hasta 7,5 millones de dólares al año para desarrollar servicios de bibliotecas públicas para los estadounidenses de zonas rurales. El sucesor de Eisenhower, el demócrata John F. Kennedy, también creía que “las bibliotecas deberían estar abiertas a todos, excepto al censor”. Los presupuestos de Kennedy continuaron financiando las bibliotecas públicas.
En 1976, el demócrata Jimmy Carter dijo que las bibliotecas eran fundamentales para la democracia y en 1980 afirmó que fortalecían la Primera Enmienda, la cual protege la libertad de expresión, la libertad de prensa y el libre ejercicio de la religión. Ocho años más tarde, el republicano Ronald Reagan dijo que una sociedad libre “debe valorar sus bibliotecas del mismo modo que valora sus libertades”. Esa postura sobrevivió a la Guerra Fría, que terminó en 1991.
En 1992, el republicano George H.W. Bush dijo que las bibliotecas brindaban la educación continua que cada estadounidense necesitaba “para seguir siendo un ciudadano plenamente productivo y con participación plena”. Al hacer campaña por la nominación del Partido Demócrata a la presidencia ese mismo año, el gobernador de Arkansas, Bill Clinton, argumentó que el acceso equitativo a la información que proporcionan las bibliotecas ayudaba a salvaguardar la democracia.
Como presidente, el demócrata Barack Obama dijo en 2009 que “una ciudadanía informada y educada es esencial para el funcionamiento de nuestra sociedad democrática moderna” y afirmó que las bibliotecas “pueden ayudar a separar la verdad de la ficción y la señal del ruido”. Posteriormente, el demócrata Joe Biden calificó los servicios bibliotecarios como “esenciales para el bienestar, la salud, la vitalidad y la democracia de nuestra nación” en una orden ejecutiva de 2022.
Si bien los presidentes desde Eisenhower en adelante habían vinculado las bibliotecas con la libertad de leer, Obama y Biden llevaron esa tradición a la lucha contra la prohibición de libros, a menudo escritos por o sobre personas de color o personas LGBTQ, especialmente en escuelas y bibliotecas públicas.
“La libertad comienza con nuestra capacidad de compartir y acceder a ideas, incluso a ideas con las que no estemos de acuerdo o que nos resulten profundamente ofensivas”, escribió el expresidente Obama durante la Semana de los Libros Prohibidos de 2022.
Durante la Semana Nacional de las Bibliotecas en 2023, Biden agradeció a los bibliotecarios y prometió “estar al lado de los profesores y los padres frente a los políticos que intentan ganar puntos políticos prohibiendo libros”.
“En Estados Unidos, no prohibimos libros”, declaró en 2024.
La ruptura
Uno de los raros comentarios públicos de Trump sobre las bibliotecas ocurrió durante su primer mandato, en una reunión del Gabinete en enero de 2019. Al quejarse de las contribuciones de los aliados de Estados Unidos en Afganistán, se burló del primer ministro indio Narendra Modi por “decirle constantemente que construyó una biblioteca en Afganistán”.
“¡Una biblioteca! Eso es como cinco horas de lo que gastamos nosotros”, dijo Trump. “No sé quién usa una biblioteca en Afganistán”.

Desde que regresó al cargo, Trump ha tomado una serie de medidas que afectan a las bibliotecas. Apenas unos días después de su segunda toma de posesión, en 2025, el Departamento de Educación eliminó el cargo conocido como “coordinador de prohibición de libros”. La administración Biden había nombrado a ese coordinador en la Oficina de Derechos Civiles en 2023 para abordar la prohibición de libros en las escuelas y brindar orientación sobre cuándo la retirada de libros de las bibliotecas escolares podría violar los derechos civiles. La administración Trump revocó esa orientación, poniendo fin a lo que calificó como el “engaño de la prohibición de libros de Biden”.
Al igual que sus compañeros republicanos Richard Nixon y Reagan, Trump pidió al Congreso cada año de su primer mandato que eliminara la ayuda federal a las bibliotecas. El Congreso rechazó las peticiones de cada uno de esos presidentes.
En marzo de 2025, sin embargo, Trump dio un paso sin precedentes: eludió por completo al Congreso y firmó una orden ejecutiva para desmantelar el Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas, el principal financiador federal de bibliotecas y museos. Desde 1996, el instituto ha administrado el programa de subvenciones para bibliotecas derivado de la legislación que promulgó Eisenhower. Un tribunal federal bloqueó la orden de desmantelar el instituto.
Dos meses después, Trump despidió a la bibliotecaria del Congreso, Carla Hayden, la primera mujer y la primera afroamericana en ocupar el cargo. Al ser preguntada sobre por qué despidieron a Hayden, la entonces secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, señaló “cosas bastante preocupantes que había hecho en la Biblioteca del Congreso en busca de la equidad, diversidad e inclusión (DEI) y por poner libros inapropiados para niños en la biblioteca”.
Hayden, por su parte, había convertido la Biblioteca del Congreso en lo que ella llamaba “una biblioteca para todos”, obteniendo una subvención de 15 millones de dólares de la Fundación Mellon para incorporar a comunidades subrepresentadas en sus colecciones.
“Como bibliotecarios, nos gusta decir: ‘La gente libre lee libremente’”, dijo Hayden tras su destitución. “Recientemente ha habido un esfuerzo por sofocar eso”.
En la convención republicana de mitad de mandato de septiembre de 2026, Trump volvió a mencionar las bibliotecas, esta vez alegando que algunos candidatos demócratas quieren “poner los libros de Lenin y Stalin en cada biblioteca para que todos nuestros niños pequeños los lean y estudien”.
The Conversation. Traducción: Tara Valencia