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Quien controla el presente, controla el pasado

Publicado el

por Laura Beers

No es una buena señal cuando la gente usa el término “orwelliano”.

Generalmente caracteriza una acción, un individuo o una sociedad que está suprimiendo la libertad, particularmente la libertad de expresión. También puede describir algo pervertido por el poder tiránico. Es un término que se usa principalmente para describir el presente, pero cuyas implicaciones inevitablemente se conectan tanto con el futuro como con el pasado.

En su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha revelado sus ambiciones de reescribir la historia oficial de Estados Unidos para, en palabras de la Organización de Historiadores Estadounidenses, “reflejar una narrativa glorificada mientras se suprimen las voces de los grupos históricamente excluidos”.

Tales ambiciones son profundamente orwellianas. A continuación, se explica por qué.

El autor George Orwell creía en la verdad histórica y objetiva. Escribiendo en 1946, atribuyó su deseo juvenil de convertirse en autor en parte a un “impulso histórico”, o “el deseo de ver las cosas como son, de descubrir hechos verdaderos y almacenarlos para el uso de la posteridad”.

Pero aunque Orwell creía en la existencia de una verdad objetiva sobre la historia, no necesariamente creía que esa verdad prevalecería.

Los vencedores escriben la historia

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis transmitían informes en la radio alemana que describían ataques aéreos inexistentes sobre Gran Bretaña. Orwell sabía de esos informes y escribió: “Ahora somos conscientes de que esos ataques no ocurrieron. Pero, ¿de qué serviría nuestro conocimiento si los alemanes conquistaran Gran Bretaña? Para los propósitos de un futuro historiador, ¿ocurrieron esos ataques o no?”.

La respuesta, escribió Orwell, fue: “Si Hitler sobrevive, ocurrieron, y si cae, no ocurrieron. Lo mismo sucede con innumerables otros eventos de los últimos diez o veinte años. En ningún caso se obtiene una respuesta que sea universalmente aceptada porque es verdadera: en cada caso se obtienen varias respuestas totalmente incompatibles, una de las cuales finalmente se adopta como resultado de una lucha física. La historia la escriben los vencedores”.

Como escribió Orwell en 1984, su última novela distópica: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”.

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El poder, apreciaba Orwell, permitía a quienes lo poseían crear su propia narrativa histórica. También permitía a los que estaban en el poder silenciar o censurar las narrativas opuestas, anulando la posibilidad de un diálogo productivo sobre la historia que, en última instancia, podría permitir que la verdad saliera a la luz.

El Ministerio de la Verdad

El deseo de erradicar las contranarrativas impulsa el trabajo de Winston Smith en el irónicamente llamado Ministerio de la Verdad en 1984. La novela está ambientada en Oceanía, una entidad geográfica que abarca América del Norte y las Islas Británicas y que gobierna gran parte del Sur Global.

Oceanía es una tiranía absoluta gobernada por el Gran Hermano, el líder de un partido político cuyo único objetivo es la perpetuación de su propio poder. En esta sociedad, la verdad es lo que el Gran Hermano y el partido dicen que es.

El régimen impone una censura casi total para que no solo el discurso disidente, sino también la reflexión privada subversiva, o “crimen de pensamiento”, sea brutalmente perseguida. De esta manera, controla el presente.

Pero también controla el pasado. A medida que la política proteica del partido evoluciona, a Smith y sus colegas se les encomienda la tarea de destruir sistemáticamente cualquier registro histórico que entre en conflicto con la versión actual de la historia. Smith literalmente se deshace de los artefactos de la historia inconveniente arrojándolos por “agujeros de memoria”, donde son “borrados de la existencia y de la memoria”.

En un punto clave de la novela, Smith recuerda haber guardado brevemente un recorte de periódico que probaba que un enemigo del régimen no había cometido el crimen del que se le acusaba. Smith reconoce el poder que este recorte le da sobre el régimen, pero al mismo tiempo teme que ese poder lo convierta en un objetivo. Al final, el miedo a las represalias lo lleva a dejar caer el recorte de periódico por un agujero de memoria.

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Los Estados Unidos contemporáneos están muy lejos de la Oceanía de Orwell. Sin embargo, la administración Trump está haciendo todo lo posible por ejercer control sobre el presente y el pasado.

Por el agujero de memoria

La administración Trump ha tomado medidas sin precedentes para reescribir la historia oficial de la nación, intentando purgar partes de la narrativa histórica por los agujeros de memoria orwellianos.

Cómicamente, esos esfuerzos incluyeron la eliminación temporal de los sitios web del gobierno de información sobre el Enola Gay, el avión que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima. El avión fue involuntariamente atrapado en una purga masiva de referencias a contenido “gay” y LGBTQ+ en los sitios web del gobierno.

Otras eliminaciones han incluido la supresión de contenido en sitios gubernamentales relacionado con la vida de Harriet Tubman, la mujer de Maryland que escapó de la esclavitud y luego desempeñó un papel pionero como conductora del Ferrocarril Subterráneo, ayudando a las personas esclavizadas a escapar hacia la libertad.

La administración también ordenó la eliminación de contenido sobre los Aviadores de Tuskegee, el grupo de pilotos afroamericanos que volaron misiones en la Segunda Guerra Mundial.

En estos casos, la protesta pública llevó a la restauración del contenido eliminado, pero se ha permitido que otras eliminaciones de menor perfil permanezcan.

En los últimos meses, muchos de los oponentes de Trump han lamentado la ineficacia del Partido Demócrata para montar una oposición efectiva a la agenda del presidente. Críticos de la derecha e incluso algunos de la izquierda denunciaron como poco más que un truco publicitario el maratónico discurso de 25 horas del senador de Nueva Jersey, Corey Booker, en el Senado de los Estados Unidos, detallando los abusos constitucionales de los primeros meses de Trump.

Pero si bien las palabras no sustituyen a la acción, frente a un régimen que intenta sofocar las voces de la disidencia —desde los medios de comunicación hasta los bufetes de abogados y los campus universitarios— mediante una combinación de censura formal y coerción e intimidación informal, el acto de alzar la voz importa.

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La protesta de Booker quedará registrada en el Diario de Sesiones del Congreso y seguirá siendo parte de la disputada historia de la nación.

También lo será el meticuloso recuento de los abusos constitucionales de la administración en publicaciones como The Atlantic y The New York Times. La existencia de tal registro permite la posibilidad de que se escriba una narrativa histórica crítica en el futuro. Pero la administración también mira hacia el futuro.

Reprimiendo el pensamiento

Los actuales defensores de la agenda “anti-woke” tanto a nivel federal como estatal se centran en remodelar los planes de estudio educativos de una manera que hará inconcebible que las generaciones futuras cuestionen sus afirmaciones históricas.

1984 de Orwell termina con un apéndice sobre la historia de la Neolengua, el idioma oficial de Oceanía, que, si bien aún no había reemplazado al Vieja Lengua o inglés estándar, estaba ganando terreno rápidamente como dialecto tanto escrito como hablado.

Según el apéndice, “el propósito de la Neolengua no era solo proporcionar un medio de expresión para la visión del mundo y los hábitos mentales propios de los devotos [del Partido], sino hacer imposibles todos los demás modos de pensamiento”.

Orwell, como tan a menudo en sus escritos, concreta la teoría abstracta: “La palabra libre todavía existía en Neolengua, pero solo podía usarse en afirmaciones como ‘Este perro está libre de piojos’ o ‘Este campo está libre de malezas’. La libertad política e intelectual ya no existían ni siquiera como conceptos”.

El objetivo de esta simplificación del lenguaje era el control total sobre el pasado, el presente y el futuro. Si es ilegal siquiera hablar de racismo sistémico, por ejemplo, y mucho menos discutir sus causas y posibles soluciones, se limita el potencial, e incluso se prohíbe, el cambio social.

Se ha convertido en un cliché que aquellos que no entienden la historia están condenados a repetirla. Como apreció George Orwell, el correlato es que el progreso social e histórico requiere una conciencia y receptividad tanto a los hechos históricos como a las narrativas históricas contrapuestas.

The Conversation. Traducción: Tara Valencia.

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