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Los nuevos ricos de Nueva York no quieren que sus hijos sean unos holgazanes idiotas

Publicado el

por Rachel Sherman

Las familias adineradas parecen tener éxito cuando se trata de criar a sus hijos. Pueden ofrecerles alimentos más saludables, cuidadores más atentos, mejores maestros y experiencias más enriquecedoras, desde vacaciones internacionales hasta pasantías no remuneradas en campos competitivos.

Sin embargo, estos padres tienen un problema: cómo darles estas ventajas y al mismo tiempo establecer límites. De los cincuenta padres adinerados en la ciudad de Nueva York y sus alrededores que entrevisté para mi libro Uneasy Street: The Anxieties of Affluence (2017), casi todos expresaron temores de que los niños pensaran que tenían “coronita”, una mala palabra que significaba, de diversas formas, que serían perezosos, materialistas, codiciosos, groseros, egoístas y satisfechos de sí mismos. En cambio, se esforzaban por mantenerlos “con los pies en la tierra” y “normales”. Por supuesto, ningún padre desea criar hijos mimados; pero para aquellos que se enfrentan a relativamente pocos límites materiales, esta posibilidad es claramente mayor.

Esta lucha destaca dos desafíos que enfrentan los padres de élite en este momento histórico particular: el estigma de la riqueza y un entorno competitivo. Durante la mayor parte del siglo XX, Estados Unidos tuvo una clase alta casi aristocrática, principalmente familias blancas protestantes anglosajonas (WASP) de dinero antiguo, generalmente inscritas en el Registro Social. Cómodos con sus ventajas heredadas y seguros en su posición económica, se veían abiertamente a sí mismos como parte de una mejor clase de personas. Al enviar a sus hijos a escuelas de élite y casarlos con hijos de familias de la misma comunidad, buscaban reproducir sus privilegios.

Pero en las últimas décadas, esta “clase ociosa” homogénea decayó y la categoría de “ricos trabajadores”, especialmente en las finanzas, se disparó. Las filas de altos ingresos también se diversificaron parcialmente, abriéndose a otras personas, además de hombres WASP. Este cambio llevó a un entorno más competitivo, especialmente en el ámbito de las admisiones universitarias.

Al mismo tiempo, un discurso más igualitario se afianzó en la esfera pública. Como argumenta el sociólogo Shamus Khan de la Universidad de Columbia en Nueva York, en su libro Privilege (2012), ya no es legítimo que las personas ricas asuman que merecen su posición social basándose simplemente en quiénes son. En cambio, deben probar lo que valen sobre la base del mérito, particularmente a través del trabajo duro. Al mismo tiempo, proliferan las imágenes de la cultura popular de personas adineradas representadas como codiciosas, perezosas, superficiales, materialistas o moralmente comprometidas.

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Tanto la competencia como el desafío moral se intensificaron desde la crisis económica de 2008. Los trabajos para los jóvenes, incluso aquellos con educación universitaria, se volvieron más escasos. La crisis también hizo más visible la desigualdad extrema y expuso, a quienes están en la cima, a una crítica pública más dura.

En este clima, es difícil sentir que ser rico es compatible con ser moralmente digno, y los propios ricos son muy conscientes del problema. Los padres con los que hablé luchan con cómo criar niños que merezcan sus privilegios, alentándolos a convertirse en trabajadores duros y consumidores disciplinados. A menudo hablaban de mantener a los niños “normales”, utilizando un lenguaje que invocaba los valores estadounidenses generales de “clase media”. Al mismo tiempo, querían asegurarse de que sus hijos pudieran prevalecer en mercados educativos y laborales cada vez más competitivos. Este dilema condujo a una profunda tensión entre limitar y fomentar el privilegio.

Las decisiones educativas de los padres estuvieron especialmente marcadas por este conflicto. Muchos apoyaron la idea de la escuela pública en principio, pero estaban preocupados por las clases numerosas, la falta de programas deportivos y artísticos y las perspectivas universitarias. Sin embargo, les preocupaba que ubicar a los niños en escuelas privadas de élite distorsionara su comprensión del mundo, exponiéndolos solo a compañeros extremadamente ricos y con “coronita”. Justin, un empresario financiero, estaba en conflicto acerca de elegir una escuela privada y dijo: “Quiero que los niños sean normales. No quiero que solo los mimen y estén en un club de campo”. Kevin, otro padre adinerado, prefería la escuela pública porque deseaba que su hijo pequeño no viviera en un “mundo estrecho”, “elitista”, en el que “solo conocería a cierto tipo de personas que se quejan de sus diseñadores y sus niñeras”.

La cuestión del trabajo remunerado también planteó este dilema. Todos los padres con los que hablé querían que sus hijos tuvieran una fuerte ética de trabajo, y algunos se preocupaban de que sus hijos no fueran autosuficientes sin ella. Incluso aquellos que podrían mantener a sus hijos para siempre no querían hacerlo. Scott, por ejemplo, cuya riqueza familiar supera los 50 millones de dólares, estaba “aterrorizado” de que sus hijos crecieran y se convirtieran en “idiotas perezosos”. Los padres también querían asegurarse de que los niños no fueran hiperconsumidores materialistas. Un padre dijo de su hijo: “Quiero que conozca los límites”. Los padres vincularon el consumo a la ética del trabajo al exigir que los niños hicieran las tareas del hogar. Una madre con activos por decenas de millones había comenzado recientemente a pedirle a su hijo de seis años que lavara su propia ropa a cambio de sus actividades y otros privilegios.

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Esta madre, y muchos otros padres de niños más pequeños, dijeron que insistirían en que sus hijos trabajaran por un salario durante la escuela secundaria y la universidad, para aprender “el valor de un dólar”. Sin embargo, el compromiso con el empleo de los niños flaqueaba si los padres consideraban que tener un trabajo era incompatible con otras formas de cultivar sus capacidades. Kate, que había crecido en la clase media, dijo sobre sus propios “trabajos de mierda” mientras crecía: “Tiene algo de valor reconocer que esto es lo que tienes que hacer, y recibes un cheque de pago, y ese es el dinero que tienes, y tú lo presupuestas”. Pero su pareja Nadine, que había heredado riqueza, comparó la posible “investigación de focas de puerto en Alaska” de su hija con el trabajo remunerado en un restaurante. Ella dijo: “Sí, quieres que aprendan el valor del trabajo, y que te paguen por ese trabajo, y todo eso. Y no quiero que mis hijos tengan coronita. No quiero que sean como una cuchara de plata. Pero también siento que la vida ofrece muchas oportunidades realmente emocionantes”.

La mejor manera de ayudar a los niños a comprender las limitaciones, por supuesto, es imponerlas. Pero, a pesar de sentirse en conflicto, estos padres no limitaron lo que consumían sus hijos de manera significativa. Incluso los padres que se resistían a la escuela privada tendían a terminar allí. Los límites que pusieron al consumo fueron marginales, constituyendo lo que la socióloga Allison Pugh, en Longing and Belonging (2009), llamó “privación simbólica”. Enfrentando admisiones universitarias competitivas, ninguno de los hijos de padres en edad de escuela secundaria, en mi muestra, trabajaba por un salario; los padres eran más propensos a describir como “trabajo” a sus tareas para el hogar.

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En lugar de limitar su privilegio, los padres trataron de regular los sentimientos de los niños al respecto. Querían que los niños apreciaran su educación privada, hogares cómodos, ropa de diseñador y (en algunos casos) su clase ejecutiva o viajes privados. Hicieron hincapié en que estos privilegios eran “especiales” o “un regalo”. Como dijo Allison sobre las dos vacaciones anuales de su familia: “No quieres que tus hijos den por sentado este tipo de cosas. [Deberían saber] que la mayoría de la gente no vive de esta manera. Y que esto no es la norma, y que debes sentir que esto es especial, y que esto es un regalo”.

Del mismo modo, intentaron encontrar formas de ayudar a los niños a comprender el “mundo real”, para asegurarse de que “entiendan la forma en que viven los demás”, en palabras de una madre millonaria. Otra madre fomentó la amistad de su hijo con una familia de clase media que vivía en un departamento modesto porque, dijo, “quiero mantener nuestros pies en algo que sea un poco más normal” que su comunidad de escuela privada.

Idealmente, entonces, los niños serán “normales”: trabajadores duros y consumidores prudentes, que no se ven a sí mismos como mejores que los demás. Pero al mismo tiempo entenderán que no son normales, apreciarán su privilegio, sin alardear nunca. Las disposiciones igualitarias legitiman así las distribuciones desiguales, permitiendo que los hijos –y los padres– disfruten y reproduzcan sus ventajas sin estar moralmente comprometidos. En estos días, al parecer, los ricos pueden tener “coronita” siempre y cuando no actúen o se sientan con “coronita”. Pueden usarlas, las coronitas, siempre y cuando no las den por sentado.

Fuente: Aeon/ Traducción: Mara Taylor

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