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La persistencia del libro

Publicado el

por Beth Driscoll

Los libros electrónicos han sido populares durante décadas y los audiolibros lo son cada vez más. Pero los libros físicos siguen siendo los favoritos indiscutibles: una encuesta realizada a editores australianos después de la última Navidad informó que los libros impresos representaron una cómoda mayoría de las ventas (los libros electrónicos fueron del 4 al 18% y los audiolibros del 5 al 15%). Esto ocurre a pesar de las constantes advertencias sobre la muerte del libro.

Algunos críticos de los libros impresos incluso han cambiado de parecer. “Tenemos que superar los libros”, escribió el periodista Jeff Jarvis en un libro de 2009 en el que pedía su digitalización. “Me retracto”, escribió en The Atlantic casi quince años después, en 2023.

Algunos lectores gustan de las cualidades sensoriales de un libro impreso: su tacto y su olor. Para otros, existe la satisfacción de armar una colección de libros. Al igual que los discos de vinilo, cuyas ventas también son saludables, los libros impresos pueden coleccionarse como objetos valiosos para ser atesorados. Las colecciones, y los libros especiales individuales, pueden ser admirados, compartidos y exhibidos, tanto en los hogares como en las redes sociales.

Los libros se utilizan para comunicar el gusto y la clase social, desde los clubes de lectura de celebridades hasta la tendencia actual de compartir libros cariñosamente anotados en las redes sociales. Los libros significan reverencia por la cultura y la llevan a espacios domésticos y accesibles. A principios de 2025, Books and Publishing informó sobre un aumento en las ediciones especiales de “lujo” de libros ya publicados. La autora de novela romántica y académica Jodi McAlister las llama “una romantización del objeto físico del libro”.

Los libros impresos en particular son portadores de historia, conocimiento e historias compartidas, tal como estoy aprendiendo a través de un proyecto de investigación conjunto en curso sobre la edición comunitaria en la Australia regional. Y el horror generalizado ante la destrucción de libros y bibliotecas en Ucrania y Gaza refleja nuestro conocimiento colectivo de que representan la cultura misma.

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Preservando las historia de la comunidad

Con Alexandra Dane, Sandra Phillips y Kim Wilkins, entrevisté a 27 autores autopublicados. La mayoría de ellos quería crear un libro físico, en lugar de un libro electrónico. Para estos autores, publicar un libro impreso era importante porque creaba un registro tangible.

Nuestra investigación mostró que las personas recurren instintivamente al formato impreso como la mejor manera de preservar sus recuerdos e historias, y compartirlas con otras personas de sus comunidades.

Por ejemplo, entrevistamos a Sonya Bradley-Shoyer de Burdekin, al norte de Queensland, quien autopublicó su colección de poesía Come… Walk With Me en 2024 como un libro impreso con múltiples fotografías e ilustraciones. Bradley-Shoyer escribe su poesía en una tableta, pero se sintió atraída por la publicación en formato impreso para asegurar que sus poemas tuvieran un hogar seguro.

“La gente decía: Sonya, realmente necesitas ponerlos en un libro para que los tengas allí para el futuro”, reflexionó, “Solía decirles que sí con el pulgar hacia arriba, sí, sí, porque sabía que era mucho más difícil”. Le tomó “varios años” producir su libro.

El formato impreso permite que los libros circulen visiblemente en una comunidad. Otra autora que entrevistamos, Christine Adams, ha escrito varios libros relacionados con la historia de Broken Hill, y sus libros se han vendido en lugares locales, incluyendo la estación de bomberos de Broken Hill y el centro de información turística. Adams considera que sus libros preservan el patrimonio cultural y las historias locales, diciéndonos que lo que hace es “todo por amor a la ciudad”.

Varios de los autores autopublicados citados en el DIY Publishing Toolkit de nuestro proyecto también mencionan este punto. George Venables, un autor basado en Burdekin, nos habló sobre la publicación de una antología con su grupo de escritores locales. Nos dijo: “La gente puede tenerlo en su mesa de café y decir: oh, lo tengo, me lo ha autografiado”.

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Hacer un libro impreso es significativo para los escritores jóvenes. Jane Vaughan es librera en Big Sky Stories en Broken Hill, donde dirigió una serie de talleres para jóvenes que culminaron en la publicación de una antología de historias. Jane nos habló de lo significativo que fue el lanzamiento del libro: “Cuando tenían ese libro, y caminaban por ahí diciendo: Esto es mío, esto es mío. Lo mío está en esta página”.

Ese valor, el de un libro compartido en una comunidad, también surgió en nuestra conversación con Olivia Nigro de Running Water Community Press, una editorial dirigida por autores en Alice Springs que se centra en la narración de historias de las Primeras Naciones y la justicia de derechos de autor. Olivia nos habló de la colección de poesía Arelhekenhe Angkentye: Women’s Talk, que publicaron en 2020 (bajo su nombre anterior Ptilotus Press, y reimpresa en 2021).

“Tenerlo como un formato de tapa blanda tangible, para que la gente lo sostenga, lo lea y lo lleve consigo a donde vaya es realmente importante”.

Destrucción de libros

Los objetos físicos de los libros son significativos; también lo es su pérdida. En 2024, me encontré de pie junto a La Biblioteca Vacía. Este monumento en la plaza Bebelplatz de Berlín es simple, pero poderoso.

Es un cuadrado de vidrio incrustado en el suelo. Debajo hay un vacío blanco lleno de estanterías vacías. El monumento conmemora las quemas de libros nazis, en las que multitudes de personas presenciaron la destrucción de 20.000 libros de la lista negra.

Debido a que los libros contienen cultura, historia, lenguaje, conocimiento e historias, su destrucción deliberada tiene un impacto profundo. En un artículo de opinión para el LA Times, la investigadora de patrimonio cultural Laila Hussein Moustafa escribe que “la destrucción de bibliotecas en tiempos de guerra y conflictos violentos es trágicamente común”. Señaló el ataque de las fuerzas serbobosnias a la Biblioteca Nacional y Universitaria de Bosnia y Herzegovina en 1992, y el saqueo de la Biblioteca Nacional de Bagdad en 2003.

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Lo que está en juego en tal destrucción, escribe Moustafa, es que las bibliotecas son “repositorios culturales. Albergan la memoria colectiva, preservan el patrimonio cultural, muestran el desarrollo de la sociedad y brindan a las personas la oportunidad de aprender y crecer”.

En 2025, informando sobre la destrucción de las bibliotecas de Gaza por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel, la periodista Shahd Alnaami escribió que ver imágenes de libros ardiendo “se sentía como fuego quemando mi propio corazón”. Continuó: “Los ataques a las bibliotecas de Gaza no se dirigen solo a los edificios en sí, sino a la esencia misma de lo que representa Gaza. Son parte del esfuerzo por borrar nuestra historia y evitar que las futuras generaciones se eduquen y sean conscientes de su propia identidad”.

Parte de la “descorazonadora realidad” de la magnitud de los ataques en Gaza, escribió Alnaami, es que algunos de los libros supervivientes han tenido que ser quemados por los palestinos para obtener combustible. El novelista y académico Yousri al-Ghoul escribe que, en el día a día, la trágica pérdida de cultura queda sumergida porque “la supervivencia misma pende de un hilo”.

En mayo de 2024, un misil ruso alcanzó la imprenta más grande de Ucrania, matando a siete personas e hiriendo a veintiuno. El ataque también destruyó 50.000 libros recién publicados. Tuvo lugar apenas una semana antes del festival del libro Arsenal, un evento popular en Kyiv donde se iban a vender muchos de los libros destruidos. Copias quemadas de los libros se exhibieron entre los nuevos lanzamientos en exposición.

Los libros impresos pueden comunicar algo sobre quiénes somos. Los libros impresos pueden ser quemados o estar ausentes. Pueden compartirse en una comunidad, guardarse en una biblioteca, atesorarse en un hogar o compartirse en línea. En todos estos contextos, los libros impresos son objetos vivos, recordatorios de la precariedad de la cultura y de su resistencia.

The Conversation. Traducción: Sarah Díaz-Segan.

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