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Tormenta invernal en Nueva York

Publicado el

por Sabrina Duse

La tormenta llegó a Nueva York del modo en que la filosofía suele llegar aquí: tarde, sobredeterminada y ya mediada por la infraestructura. Para cuando el hielo serio golpeó las veredas, el Sur ya había sido abierto en canal: árboles plegados como malos argumentos, líneas eléctricas enredadas en algo más cercano a una geometría trágica. En Nueva York lo vimos todo de antemano, en pantallas, con la confianza entrenada de quienes creen que la preparación es un logro moral. La ciudad saló, advirtió, tuiteó. La tormenta llegó igual. Siempre llega. Y cuando llegó, hizo lo que las tormentas hacen mejor en Nueva York: expuso la metafísica de la red.

A Hegel le habría encantado Con Edison. No porque funcione —a menudo no lo hace— sino porque encarna la idea de que la historia progresa a través del fracaso administrado. La electricidad titiló en Brooklyn y Queens no como catástrofe sino como recordatorio. Unas horas sin calefacción en un departamento con renta estabilizada se vuelven una molestia; unos días sin ella en un sótano ilegal en Corona se convierten en algo más cercano a una sentencia de muerte. La dialéctica no es sutil. Nunca lo es. La ciudad se felicita por su resiliencia mientras redistribuye en silencio el frío siguiendo líneas que se parecen sospechosamente a la clase, la raza y el estatus migratorio. Esto no es un accidente. Es el sistema pensándose a través de nosotros.

En el Upper West Side, la tormenta fue estética. La nieve se posó sobre las brownstones como una metáfora bien ejecutada. Los perros usaban abrigos más caros que el alquiler de la mayoría de la gente en Jackson Heights. Los cafés permanecieron abiertos el tiempo justo para señalar fortaleza antes de cerrar “por un exceso de precaución”. Hay algo kantiano en esta versión del invierno: lo sublime experimentado a distancia segura, enmarcado por ventanas de doble vidrio y lattes de avena. La naturaleza abruma, sí, pero no a ti. No de verdad. Tienes botas. Tienes ahorros. Tienes la batería del iPhone en 82 por ciento.

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En East New York, la tormenta no tuvo ningún interés en la estética. Cortó la calefacción en edificios de NYCHA que ya vivían con tiempo prestado. Los ascensores se detuvieron. Personas mayores subieron escaleras lentamente, cargando compras que se echarían a perder si la heladera quedaba a oscuras. Una mujer murió a dos cuadras del tren J después de que su calefactor eléctrico se volcara. Aquí las bromas se terminan, o deberían. Hannah Arendt escribió que la banalidad del mal reside en su normalidad administrativa. En el invierno neoyorquino, la banalidad de la muerte reside en su previsibilidad. Cada año, los mismos cuerpos están en riesgo. Cada año, fingimos sorpresa.

A la ciudad le encanta hablar de “eventos climáticos” como si el clima fuera un filósofo visitante, que pasa a desafiar nuestros supuestos antes de seguir de largo. Pero las tormentas aquí no son eventos. Son procesos. Se acumulan como deuda. Se ve en el MTA, donde el hielo se convierte en un problema metafísico: ¿cómo puede un sistema ser a la vez esencial e imposible? Los trenes avanzan a paso de tortuga. Los anuncios se disculpan de antemano por realidades que ayudaron a producir. Nietzsche advirtió sobre sistemas que exigen creencia a pesar de la evidencia abrumadora en contra. Parada en un andén al aire libre, con sensación térmica de un dígito, esperando un tren A demorado, empiezas a entender a qué se refería.

Y sin embargo, Nueva York insiste en el humor. Los memes llegan más rápido que las quitanieves. Alguien publica una foto de Times Square vacío y la llama “pacífica”. Alguien más bromea con que esta es la venganza de la ciudad contra el trabajo remoto. La comedia funciona como mecanismo de afrontamiento, pero también como desvío. Freud diría que el chiste permite que lo reprimido hable. Lo que habla acá es la incomodidad: sabemos que esta ciudad solo funciona porque alguien más absorbe el frío. La risa no es cruel por accidente. Es cruel por diseño.

La tormenta también reordenó el tiempo. Los plazos se corrieron. Las oficinas cerraron. Las escuelas volvieron a lo remoto, disparando un episodio menor de TEPT en todo Park Slope. Heidegger sostuvo que la angustia revela nuestro ser para la muerte al despojar las distracciones cotidianas. Una nevada en Nueva York hace algo parecido pero más mezquino. Revela nuestro ser para la incomodidad. No tenemos miedo de morir; tenemos miedo de aburrirnos, de demorarnos, de quedar offline. Mientras tanto, la muerte real —hipotermia, intoxicación por monóxido de carbono, caídas en veredas sin tratar— sigue siendo algo que les pasa a otros, en otros barrios, reportado brevemente antes de ser absorbido por el ruido ambiente de la ciudad.

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Hay algo obsceno en lo bien que Nueva York documenta su propio sufrimiento. La ciudad es un archivo en tiempo real. Fotos de escaleras de incendio cubiertas de hielo circulan junto a enlaces de GoFundMe para funerales. Susan Sontag advirtió que la exposición repetida a imágenes de dolor puede anestesiar la empatía. En Nueva York, el riesgo es distinto. El peligro es que la empatía se vuelva performativa, que una pequeña donación reemplace cualquier exigencia de cambio estructural. La tormenta se vuelve contenido. La desigualdad se vuelve clima.

Aun así, la ciudad se aferra a su ficción favorita: que todos acá eligieron esto. Que el sufrimiento es el precio de la ambición. Que si no soportas el invierno en un quinto piso sin ascensor y con calefacción poco confiable, deberías irte. Esto es libertarismo con abrigo marinero. Ignora que muchas de las personas más expuestas a la tormenta —repartidores, cuidadoras domiciliarias, trabajadores indocumentados— son las que menos pueden optar por salir. Isaiah Berlin distinguió entre libertad negativa y positiva. Nueva York no se especializa en ninguna. Ofrece libertad en lo retórico y restricción en lo material.

Caminando por Flatbush Avenue la mañana después de la tormenta, se podían ver en relieve las prioridades de la ciudad. Ciclovías despejadas. Veredas, no tanto. Un repartidor en bicicleta patinó junto a una SUV negra en ralentí frente a un estudio de pilates. En algún lugar, John Rawls lloró en silencio dentro del velo de la ignorancia. Si la justicia es equidad, el invierno en Nueva York es injusto por defecto. La estructura básica de la ciudad distribuye el riesgo de maneras que ningún contrato social hipotético podría sostener.

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Y sin embargo —y esto importa— la ciudad no colapsó por completo. Vecinos que chequaron a otros vecinos. Alguien sacó el auto de un desconocido de un banco de nieve en Avenue C. Un dueño de bodega regaló café cuando el lector de tarjetas se cayó. Estos gestos no son soluciones. No son redención. Pero no son nada. Adorno advirtió contra el consuelo falso, contra confundir pequeñas bondades con reparación sistémica. Tenía razón. Aun así, incluso Adorno admitía las dialécticas negativas: la posibilidad de que la contradicción misma mantenga vivo el pensamiento.

La tormenta va a pasar. Técnicamente, ya pasó. Las calles se despejarán. Los titulares seguirán. Los muertos serán contados y luego olvidados, excepto por quienes los amaron. Nueva York volverá a su estado preferido de crisis administrada. Pero el invierno deja un residuo. Siempre lo deja. No solo sal en botas y veredas, sino conocimiento. El conocimiento de que esta ciudad no es neutral. De que el frío es político. De que la infraestructura es filosofía hecha concreto.

Spinoza escribió que no deseamos las cosas porque sean buenas; las llamamos buenas porque las deseamos. Nueva York desea resiliencia. Entonces se llama resiliente. Pero la resiliencia sin redistribución es solo resistencia disfrazada de virtud. La tormenta lo mostró con claridad, para quien estuviera mirando. Y algunos miraban. Siempre hay algunos. Tal vez esa sea la esperanza más pequeña y menos comercializable de la ciudad: no que la próxima tormenta sea más justa, sino que menos personas finjan sorpresa cuando no lo sea.

Traducción: Tara Valencia.

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