por Carlyn Zwarenstein
La inmigración se convirtió en objeto de una retórica cada vez más desagradable durante la campaña presidencial de Donald Trump en 2024. Describió a los migrantes como ajenos o peligrosos, los calificó de animales, y utilizó analogías de invasión que hacían asociaciones con alimañas, infestaciones y otros fenómenos biológicos indeseables. Esa retórica siguió a Trump en el cargo: entre las órdenes ejecutivas que emitió en su primer día de vuelta en la Casa Blanca se encontraba una sobre inmigración titulada “Protección del pueblo estadounidense contra la invasión”.
Pero el uso de analogías entre diferentes tipos de migración humana e invasiones biológicas no es solo una táctica común de racistas y oportunistas. En la biología de la conservación, tales analogías funcionan a la inversa, comparando especies de plantas, animales, hongos o microbios con personas en movimiento. Estas analogías se utilizan en la ciencia con el objetivo de clarificar un patrón o proceso. Sin embargo, el uso de la migración humana como metáfora de las invasiones biológicas ha sido una práctica muy controvertida dentro de la disciplina durante décadas. En el clima político actual, las crecientes tensiones en torno a la migración y la aplicación de la ley de inmigración han traído de vuelta este viejo debate.
El debate ruge (aunque de forma algo sosegada) dentro de las páginas de revistas revisadas por pares. Las invasiones biológicas y la migración humana ofrecen algunos “paralelismos complejos que son potencialmente fructíferos de explorar”, argumentó un grupo de científicos en un artículo de febrero de 2025 publicado en Biological Reviews. Los que respondieron replicaron unos meses más tarde en la revista BioScience que la comparación “combina dos fenómenos que ocurren a nivel mundial de una manera científicamente defectuosa y corre el riesgo de la apropiación indebida de conceptos científicos para agendas ideológicas y políticas”.
Laura Meyerson de la Universidad de Rhode Island, autora de la refutación de BioScience y una de las tres editoras en jefe de otra revista, Biological Invasions, explicó la distinción entre los dos fenómenos: “Los marcos en la ciencia de la invasión fueron diseñados para plantas, animales, microorganismos, etc., introducidos, pero no para personas”, me escribió en un correo electrónico. “Las invasiones biológicas son especies introducidas por personas desde fuera de su rango nativo que se establecen, se propagan y tienen impactos. La ciencia de la invasión reconoce a las personas introduciendo organismos, pero no incluye a las personas como organismos introducidos”.
Estos argumentos entre revistas se desarrollaron mientras en Estados Unidos estaban ocurriendo eventos inflamatorios y dramáticos relacionados con la migración humana, incluida la fuerte respuesta federal a las protestas en Los Ángeles contra los excesos de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, lo que demuestra que el problema no es solo académico. Reflexionar sobre la función de la metáfora en la ciencia, y explorar cómo esta analogía en particular se ha desarrollado en la historia de la ciencia de la conservación, puede revelar si es buena, científicamente hablando, y si avanza o debilita la disciplina.
Cuando los científicos utilizan metáforas o analogías, están comparando una cosa con otra basándose en características sobresalientes, o relevantes, que esas cosas tienen en común. Nadie espera que las cosas sean idénticas. Pero la comparación abre la posibilidad de un secuestro políticamente motivado.
Por ejemplo, en el pasado, los defensores del control de especies invasoras y las plantas nativas han sido acusados de xenofobia por los críticos. Un artículo de 2003 del ecólogo Daniel Simberloff de la Universidad de Tennessee, Knoxville, argumentó que tales acusaciones son injustas. Independientemente de cómo la gente use esta analogía, Simberloff pensó que deberíamos tomarles la palabra cuando dicen que su motivación es prevenir el daño ambiental. Y, sin embargo, también describió cómo los nazis hicieron campaña para la eliminación de plantas no nativas y vincularon explícitamente esto con su campaña más notoria de eliminación de personas no arias. Simberloff también señaló que los escritores de jardinería de principios del siglo XX también eran a menudo racistas en su nativismo.
En un artículo de 2021, el investigador Jonathan Davies describió cómo la prensa nacionalista en el Reino Unido se apropió del tema de las especies invasoras en Gran Bretaña después de 2015, cuando la migración comenzó a verse como una crisis en Europa. Escribió que la “naturaleza abyecta” se utilizó como metáfora para servir a fines xenófobos y antiinmigratorios en el período previo a la votación del Brexit para abandonar la Unión Europea. En marzo de 2025, el artículo de divulgación científica del biólogo Tim Blackburn de la University College London sobre especies invasoras y “alienígenas” que llegan a las costas británicas se arriesgó, como observaron los lectores legos en los comentarios, a avivar las llamas xenófobas que han ardido a fuego lento desde antes del Brexit.
En 2024, un grupo internacional de biólogos intentó proporcionar un marco común de terminología para usar en toda la disciplina, aconsejando precaución en el uso de varios términos que conllevan connotaciones ideológicas, incluidas las xenófobas que podrían ofender y confundir. Aun así, aunque podamos deplorar tal cooptación, desde una perspectiva científica, no invalida categóricamente la analogía.
Quizás el punto más relevante señalado por los autores del marco común es que la imprecisión es fatal para la ciencia. Las analogías que implícita o explícitamente se extienden demasiado o que se basan en factores irrelevantes para la comparación solo sirven para debilitar su valor como modelos científicos.
En un perspicaz artículo de 2018, Cynthia Taylor y Bryan Dewsbury de la Universidad de Rhode Island advirtieron: “Las metáforas en las que confiamos pueden mantener y reforzar paradigmas científicos obsoletos, contribuyendo a los malentendidos públicos sobre cuestiones científicas complejas”. Criticaron el uso de metáforas militares en la biología de la invasión, por ejemplo, en gran parte sobre la base de su uso polémico. “Las metáforas de invasión son performativas”, escribieron, y tales metáforas “confunden ‘hechos’ con ‘valores'”, promoviendo respuestas militaristas a las especies invasoras.
Conceptos cargados social, cultural y económicamente extraídos de las experiencias humanas de inmigración, como la búsqueda de trabajo u oportunidades, el refugio de la opresión o la guerra, el dolor del exilio, la soledad de la exclusión o la alegría de la reunificación familiar, los convierten en malas analogías para conceptualizar los problemas de la ciencia de la invasión.
Lo más problemático de todo para la validez científica y ética de la analogía: los humanos consisten en una sola especie. Comparar la llegada de diferentes poblaciones o comunidades, distinguidas quizás por el estatus económico, el color de la piel, el idioma o la ciudadanía, es un ejercicio fundamentalmente diferente de evaluar el impacto de una nueva especie en un bioma, red alimentaria o nicho ecológico existente.
La facilidad con la que los biólogos de la conservación o de las especies invasoras pueden deslizarse en estas analogías refleja la facilidad con la que olvidamos una verdad tan fundamental sobre nosotros mismos. Con muy poca variabilidad genética en todas las poblaciones humanas, las subespecies de humanos no existen en ninguna parte de este planeta. Que a lo largo de la historia de la ciencia de la conservación, los investigadores hayan caído tan fácil y tan a menudo en esta falacia en particular, no refleja un impulso científico, sino uno social trágico.
Undark. Traducción: Tara Valencia