por Erica De Bruin
A medida que las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas se han intensificado durante el último año, tanto políticos como periodistas han comenzado a referirse al ICE como una “fuerza paramilitar”.
El representante John Mannion, demócrata de Nueva York, llamó al ICE “una unidad paramilitar personal del presidente”. El periodista Radley Balko, autor de un libro sobre cómo se han militarizado las fuerzas policiales estadounidenses, argumentó que el presidente Donald Trump utiliza la fuerza “de la manera en que un autoritario utiliza una fuerza paramilitar, para llevar a cabo sus propios rencores personales, para infligir dolor, violencia e incomodidad a las personas que ve como sus enemigos políticos”. Y el columnista del New York Times, Jamelle Bouie, caracterizó al ICE como una “policía secreta virtual” y un “ejecutor paramilitar de un régimen despótico”.
Todo esto plantea un par de preguntas: ¿Qué son los paramilitares? ¿Y es el ICE uno de ellos?
Definiendo a los paramilitares
Como profesora de gobierno que estudia la vigilancia policial y las fuerzas de seguridad estatales, creo que está claro que el ICE cumple con muchas, aunque no todas, las definiciones más destacadas. Vale la pena explorar cuáles son y cómo se compara el uso del ICE por parte de la administración con las formas en que se han desplegado paramilitares en otros países.
El término paramilitar se utiliza comúnmente de dos maneras. La primera se refiere a fuerzas policiales altamente militarizadas, que forman parte oficial de las fuerzas de seguridad de una nación. Por lo general, tienen acceso a armamento y equipo de grado militar, están altamente centralizadas con una estructura de mando jerárquica y se despliegan en grandes unidades formadas para llevar a cabo la vigilancia nacional.
Estas “policías paramilitares”, como la Gendarmería francesa, la Fuerza de Policía de Reserva Central de la India o las Tropas Internas de Rusia, siguen el modelo de las fuerzas militares regulares.
La segunda definición denota grupos armados menos formales y a menudo más partidistas que operan fuera del sector de seguridad regular del Estado. A veces estos grupos, como las Autodefensas Unidas de Colombia, surgen de esfuerzos de autodefensa comunitaria; en otros casos, se establecen por el gobierno o reciben apoyo gubernamental, aunque carezcan de estatus oficial. Los politólogos también llaman a estos grupos “milicias progubernamentales” para transmitir tanto su orientación política de apoyo al gobierno como su estatus menos formal como fuerza irregular.
Suelen recibir menos formación que las fuerzas estatales regulares, si es que reciben alguna. Su equipamiento puede variar mucho. Los líderes pueden recurrir a estos paramilitares informales u oficiosos porque son menos costosos que las fuerzas regulares, o porque pueden ayudarles a evadir la rendición de cuentas por la represión violenta.
Muchos paramilitares informales se dedican al mantenimiento del régimen, lo que significa que preservan el poder de los gobernantes actuales mediante la represión de los opositores políticos y del público en general. Pueden compartir afiliaciones partidistas o vínculos étnicos con líderes políticos prominentes o el partido político en el poder y trabajar en conjunto para llevar a cabo objetivos políticos.
En Haití, los Tonton Macouts del presidente François “Papa Doc” Duvalier proporcionaron un ejemplo de manual de este segundo tipo de paramilitar. Después de que Duvalier sobreviviera a un intento de golpe de Estado en 1970, estableció a los Tonton Macouts como un contrapeso paramilitar a las fuerzas militares regulares. Inicialmente una fuerza andrajosa e indisciplinada pero altamente leal, se convirtió en el instrumento central a través del cual el régimen de Duvalier llevó a cabo la represión política, vigilando, acosando, deteniendo, torturando y matando a haitianos comunes.
¿Es el ICE una fuerza paramilitar?
Las referencias recientes al ICE en Estados Unidos como una “fuerza paramilitar” utilizan el término en ambos sentidos, viendo a la agencia tanto como una fuerza policial militarizada como una herramienta de represión.
No cabe duda de que el ICE encaja en la definición de una fuerza policial paramilitar. Es una fuerza policial bajo el control del gobierno federal, a través del Departamento de Seguridad Nacional, y está fuertemente militarizada, habiendo adoptado el armamento, la organización, los patrones operativos y los marcadores culturales del ejército regular. Algunas otras fuerzas federales, como la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, o CBP, también encajan en esta definición.
Los datos que he recopilado sobre las fuerzas de seguridad estatales muestran que aproximadamente el 30% de los países tienen fuerzas policiales paramilitares a nivel federal o nacional, mientras que más del 80% tienen unidades militarizadas más pequeñas similares a los equipos SWAT dentro de policías que, de otro modo, son civiles.
Estados Unidos está casi solo entre las democracias consolidadas en la creación de una nueva fuerza policial paramilitar en las últimas décadas. De hecho, la creación del ICE en Estados Unidos, tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, es uno de los cuatro únicos casos que he encontrado desde 1960 en los que un país democrático creó una nueva fuerza policial paramilitar; los otros fueron Honduras, Brasil y Nigeria.
El ICE y la CBP también tienen algunas, aunque no todas, las características de un grupo paramilitar en el segundo sentido del término, refiriéndose a fuerzas como agentes políticos represivos. Estas fuerzas no son informales; son agentes oficiales del Estado. Sin embargo, sus oficiales son menos profesionales, reciben menos supervisión y operan de formas más abiertamente políticas de lo que es típico tanto en las fuerzas militares regulares como en la policía local en Estados Unidos.
La falta de profesionalismo es anterior a la administración actual. En 2014, por ejemplo, el jefe de asuntos internos de la CBP describió la rebaja de los estándares para la expansión posterior al 11 de septiembre como algo que condujo al reclutamiento de miles de oficiales “potencialmente no aptos para portar una placa y un arma”.
Este problema no ha hecho más que agravarse con la rápida expansión emprendida por la administración Trump. El ICE ha incorporado aproximadamente 12.000 nuevos reclutas (más que duplicando su tamaño en menos de un año) al tiempo que ha reducido sustancialmente la duración de la formación que reciben.
El ICE y la CBP no están sujetos a las mismas restricciones constitucionales que se aplican a otras agencias de aplicación de la ley, como la prohibición de la Cuarta Enmienda contra registros e incautaciones irrazonables; ambos han obtenido exenciones de supervisión destinadas a responsabilizar a los oficiales por el uso excesivo de la fuerza. Las regulaciones de la CBP, por ejemplo, le permiten registrar e incautar propiedades de las personas sin una orden judicial o el requisito de “causa probable” impuesto a otras fuerzas dentro de las 100 millas, o unos 161 kilómetros, de la frontera.
En términos de afiliaciones partidistas, Trump ha cultivado a las fuerzas de seguridad de inmigración como aliados políticos, un esfuerzo que parece haber tenido éxito. En 2016, el sindicato que representa a los oficiales del ICE respaldó la campaña de Trump con el apoyo de más del 95% de sus miembros votantes. Hoy en día, los esfuerzos de reclutamiento del ICE se basan cada vez más en mensajes de extrema derecha para atraer a simpatizantes políticos.
Tanto el ICE como la CBP han sido desplegados contra opositores políticos en contextos ajenos a la inmigración, incluidas las protestas de Black Lives Matter en Washington, D.C., y Portland, Oregón, en 2020. También han recopilado datos, según la politóloga Elizabeth F. Cohen, para “vigilar las creencias y actividades políticas de los ciudadanos, incluidas las acciones de protesta que han llevado a cabo sobre temas tan diversos como el control de armas, además de los derechos de los inmigrantes”.
En estos aspectos, el ICE y la CBP guardan cierta semejanza con los paramilitares informales utilizados en muchos países para llevar a cabo la represión política siguiendo líneas partidistas y étnicas, a pesar de ser agentes oficiales del Estado.
Por qué esto es importante
Un amplio conjunto de investigaciones muestra que las formas más militarizadas de vigilancia policial están asociadas con mayores tasas de violencia policial y violaciones de derechos, sin reducir el crimen ni mejorar la seguridad de los oficiales.
Los estudios también han encontrado que las fuerzas policiales más militarizadas son más difíciles de reformar que las agencias de aplicación de la ley menos militarizadas. El uso de tales fuerzas también puede crear tensiones tanto con el ejército regular como con la policía civil, como parece estar ocurriendo actualmente con el ICE en Minneapolis.
Las formas en que las fuerzas federales de inmigración en los Estados Unidos se asemejan a los paramilitares informales de otros países (operando con una supervisión menos efectiva, reclutas menos competentes y una identidad partidista cada vez más arraigada) hacen que todos estos problemas sean más difíciles de resolver. Por eso, creo, muchos comentaristas han sacado a relucir el término paramilitar y lo están utilizando como una advertencia.
The Conversation. Traducción: Tara Valencia