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El regreso triunfal de Robert Moses

Publicado el

por Walter A. Thompson

Ahora resulta ser que, en realidad, Robert Moses fue un genio incomprendido y no el más detestado malhechor de la ciudad de Nueva York. O resulta ser que, al menos, Moses no era tan malo como todos creían. ¿Jane Jacobs, Miss Gentrificación 1961, en realidad exageraba? Vean que hasta los hípsters, ahora, se atan a los árboles para cuidar el East River Park de Moses. ¿Qué vendrá después? ¿Romper a martillazos los carriles para bicicletas y dejar que regresen los automóviles? Todo es posible en esta ciudad de próceres flexibles.

El regreso triunfal de Robert Moses no fue en forma de fichas, como Alf, sino en forma de obra teatral. Que es, por supuesto, mejor que un regreso en forma de autopista por tu patio trasero. Straight Line Crazy, escrita por el dramaturgo británico David Hare y dirigida por Nicholas Hytner, se estrenó en The Shed, la sala teatral del centro cultural de Hudson Yards, en octubre, luego de la presentación, en marzo, en el Bridge Theatre de Londres. La obra fue un éxito en The Shed y no paró de vender entradas hasta generar listas de espera. Un amigo me dijo: “La misma gente que se opuso a la construcción de The Shed está haciendo fila para pagar 2000 dólares por una entrada de reventa para ver una pieza amable sobre Moses. ¿Cómo se entiende?”. Quizás no haya nada que entender. El arte no imita a la vida. Ni al revés.

Hay quien dice que no importa tanto Robert Moses, que ya es poco más que una figura borrosa en una historia demasiado ajena para demasiadas personas (el urbanismo del siglo XX, en blanco y negro, hecho de aviones atacando a King Kong), sino el actor Ralph Fiennes, que interpreta a Moses. Fiennes puede atraer a todo el mundo: sirve para Shakespeare y para Harry Potter, y cada quien encontrará su propia versión de Fiennes, que puede ser, también, su propia versión de Moses.

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“Esta obra es tan popular porque se basa en tres cultos diferentes: el culto de los amantes de Fiennes, el culto de los que odian a Moses y el culto de los amantes de Caro”, dijo Mitchell Moss, profesor de planificación y política urbana en la Universidad de Nueva York, a CityLab, refiriéndose al periodista e historiador Robert Caro, autor de la biografía de 1974, ganadora del Pulitzer, The Power Broker: Robert Moses and the Fall of New York. Los seguidores de Moses dijeron que el libro era demasiado cruel con el urbanista; los detractores, que el libro era demasiado amable. Moses escribió una respuesta de 23 páginas sobre todo lo que estaba mal en el libro. Nadie sabe si Caro le contestó.

El libro de Robert Caro consolidó la imagen de Moses como figura de advertencia para los planificadores que lo siguieron. Una especie de límite. No hay que olvidar que Moses dividió infamemente a las comunidades, metiendo autopistas a través de ellas, a menudo arrasando vecindarios negros y latinos en nombre de la eliminación de “plagas” e impulsando sus planes más allá de cualquier barrera legal o política con la que se encontrara.  Moses, en casi cualquier sentido, era un canalla iluminado envuelto en la bandera de la Modernidad, con la M bien grande.

La historia que cuenta Straight Line Crazy, en una hermosa puesta llena de mapas y diagramas, condensa la epopeya de Moses en dos actos distintos: mientras avanza con éxito a través de un gran plan para un sistema de parques y carreteras en Long Island a fines de la década de 1920, y luego, a fines de la década de 1950, cuando intenta y no logra obtener apoyo para una autopista que habría atravesado Washington Square Park en el Bajo Manhattan. El título (lo diría así: El loco de las líneas rectas) hace referencia al amor de Moses por el sistema de cuadrícula de Manhattan y su sueño de crear autopistas en toda la isla.

Es una muestra de los mejores y peores impulsos de Moses: crear espacios públicos e infraestructura monumental, pero a cualquier costo social, y sin que importara ni un poco la opinión de quienes debían vivir en esos proyectos.

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La obra explora las paradojas que durante mucho tiempo hicieron de Moses una figura tan convincente en la construcción de ciudades. Compra terrenos para nuevos parques en Long Island que beneficiarán a “las masas”, pero no construye el transporte público para que “las masas” lleguen allí. A pesar de su obsesión por la construcción de carreteras, nunca aprende a conducir un automóvil. Cosas del vulgo, razona.

Luego está el hecho de que la obra de teatro en sí, una historia de advertencia sobre el desarrollo desenfrenado en la ciudad de Nueva York, encuentra su hogar en The Shed, un complejo cuya escala y estética se compararon con los megaproyectos de Moses. Lo odiaron, lo amaron, ahora se va volviendo parte de lo que es.

Straight Line Crazy no es la única aproximación reciente a la vida de Moses. La ópera A Marvelous Order, de 2015, presentó a Moses y Jane Jacobs luchando en una canción; el actor y director Edward Norton insertó un personaje parecido a Moses en su adaptación cinematográfica de 2019 de la novela Motherless Brooklyn; en la versión 2021 de West Side Story, ambientada a mediados de los años 50, aparece un cartel contra Moses en una manifestación de portorriqueños cuyo barrio está por barrerse. Pero la presencia del gran Fiennes en el escenario le da al infame planificador la recepción más cálida que haya tenido en Nueva York en décadas. El monólogo final de Fiennes, o de Moses, siempre acaba con una ovación. Moses aplaudido en Nueva York. Vaya.

Quizás, después de todo, la obra sea un reflejo de una reformulación del legado de Moses: de villano absoluto a buen tipo que hizo cosas muy malas por razones complicadas. Y al que le gustaban los mapas. Como a todos.

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