por Tara Valencia
Nueva York se vende como una máquina de satisfacer deseos. Comida a cualquier hora. Sexo, dinero, cultura, tráfico, dopamina. Todo circula. Todo fluye. Excepto lo más básico: orinar. Defecar. Vaciar el cuerpo sin humillación. En la capital simbólica del capitalismo tardío, el acto fisiológico más democrático sigue siendo tratado como una falla moral, un desvío, una obscenidad que debe resolverse en privado o no resolverse en absoluto.
La ciudad que inventó el rascacielos no sabe dónde poner un inodoro. O peor: lo sabe, pero prefiere no hacerlo.
La noticia reciente sobre el impulso municipal para instalar baños públicos (modulares, autosuficientes, con temporizador, casi penitenciarios) se presenta como una innovación de gestión. Pero no lo es. Es una confesión tardía. Nueva York lleva décadas externalizando una necesidad pública a actores privados: cafés, cadenas de comida rápida, hoteles, museos. El derecho a evacuar se volvió una transacción. O compras algo o te aguantas. O consumes o sufres.
El resultado es una ciudad de vejigas tensas y esfínteres disciplinados, donde el cuerpo aprende rápido que el espacio público no le pertenece del todo. El mensaje es claro: puedes circular, pero no descargar. Puedes caminar, pero no detenerte demasiado. Puedes existir, siempre que no recuerdes que eres un animal.
El baño público no es un detalle urbano. Es una infraestructura moral. Dice quién puede quedarse y quién debe irse. Quién tiene tiempo y quién no. Quién es bienvenido y quién resulta molesto. En Nueva York, esa línea se traza con olor a desinfectante barato y una puerta con cartel de “out of order”.
El inodoro como frontera urbana
Durante años, la ausencia de baños públicos fue tratada como una rareza local, una excentricidad neoyorquina comparable a los alquileres imposibles o a los departamentos sin closet. Pero no es un capricho. Es una política no declarada. Mantener pocos baños públicos es una forma elegante y profundamente cobarde de regular quién ocupa el espacio urbano y por cuánto tiempo.
El argumento técnico siempre aparece primero: infraestructura subterránea compleja, costos elevados, mantenimiento difícil. Debajo de la ciudad hay túneles, caños, cables, una arqueología funcional que vuelve cada perforación una odisea. Todo eso es cierto. Pero también es incompleto. Porque debajo de esas razones técnicas hay una lógica cultural: el baño público atrae “problemas”. Personas sin hogar. Cuerpos que no compran. Permanencias largas. Olores. Rastros.
El miedo no es al pis. Es a la gente que no se puede expulsar con una mirada.
Por eso el modelo que se propone ahora es tan revelador: baños temporizados, autoclavados, autolimpiantes. Quince minutos y afuera. Dos limpiezas por día. Acero inoxidable. Nada de puertas cerradas hasta el piso. Nada de intimidad real. Un inodoro diseñado más como disuasión que como servicio. El Portland Loo y sus primos globales no son baños: son declaraciones de desconfianza con cañerías.
No se trata de negar los problemas reales de vandalismo o mantenimiento. Se trata de reconocer que la solución elegida revela prioridades. Cuando un banco construye una sucursal, no duda en perforar, gastar, conectar, asegurar. Cuando la ciudad construye un baño, pide disculpas de antemano.
El dato es brutal y conocido: una ciudad de más de ocho millones de personas con poco más de mil baños públicos. Uno cada varios miles de habitantes. La proporción es obscena. Y la comparación con otras ciudades estadounidenses no hace más que subrayar la anomalía: lugares menos densos, menos ricos, menos transitados, con más baños por persona. No es una cuestión de escala. Es de voluntad.
Mientras tanto, la vida cotidiana se adapta. Los neoyorquinos desarrollan mapas mentales de alivio: bibliotecas específicas, parques con horarios dudosos, hoteles donde uno puede entrar con seguridad performativa. Y, sobre todo, McDonald’s. El verdadero ministerio de saneamiento de la ciudad. Un imperio del sodio y el azúcar convertido en proveedor involuntario de dignidad fisiológica.
Que una metrópolis dependa de una cadena de hamburguesas para que sus habitantes puedan hacer pis no es una anécdota graciosa. Es un fracaso urbano completo.
Dignidad, suciedad y la mentira del orden
Hay algo deliberadamente infantil en cómo se discute el tema. Se habla de “calidad de vida”, de “pequeñas mejoras”, de “proyectos piloto”. Como si el problema fuera menor. Como si el baño fuera un lujo. Como si pedir un lugar para cagar fuera un exceso.
Pero el baño público toca fibras más profundas. Obliga a pensar la ciudad desde el cuerpo, no desde el render. Desde la duración, no desde el flujo. Desde lo que sobra, no desde lo que brilla. Y eso incomoda. Porque el cuerpo es desordenado. Gotea. Huele. Se equivoca.
La obsesión neoyorquina con el orden visible —calles limpias, veredas despejadas, parques “seguros”— convive con una tolerancia silenciosa a la indignidad cotidiana. Multas por orinar en la vía pública aumentan mientras los baños siguen cerrados. La ciudad castiga el síntoma y protege la causa. Primero te niega el inodoro. Después te sanciona por no haberlo encontrado.
Este doble estándar no es nuevo. Desde el siglo XIX, el baño público fue un campo de batalla moral. Quién podía usarlo. Quién no. Mujeres, trabajadores, personas racializadas, cuerpos considerados impropios. El acceso al retrete siempre estuvo atravesado por clase, género y control social. Nueva York no inventó esa historia. Pero la perfeccionó.
La novedad, si hay alguna, es el lenguaje de la dignidad que ahora se invoca. Dignidad para quedarse en el barrio. Dignidad para disfrutar el parque. Dignidad para consumir sin apuro. Todo eso es cierto, pero incompleto. La dignidad no es un beneficio colateral del baño público. Es su razón de ser.
Un baño público dice: puedes estar acá sin comprar nada. Puedes fallar. Puedes tardar. Puedes necesitar. En una ciudad construida sobre la velocidad y la expulsión, ese mensaje es radical.
Por eso el énfasis no debería estar en cuántos módulos se instalan ni en cuántos días tarda el proceso. El punto es otro: si Nueva York está dispuesta a asumir que una ciudad verdaderamente pública necesita aceptar sus residuos humanos sin convertirlos en problema policial o en oportunidad de negocio.
La dependencia de los McDonald’s no es solo una solución informal. Es una metáfora perfecta. Un sistema urbano que terceriza lo básico a cambio de consumo mínimo. Compra una soda. Usa el baño. Vete. No te quedes. No hagas ruido. No existas de más.
La conclusión es incómoda pero clara: Nueva York necesita muchos más baños públicos y los necesita sin pedir perdón. Los necesita visibles, funcionales, mantenidos, abiertos. No como experimentos, no como concesiones, no como trampas de acero inoxidable, sino como infraestructura urbana esencial.
Una ciudad que no puede ofrecer un lugar para aliviarse no es sofisticada. Es mezquina. Y una ciudad que presume de grandeza mientras obliga a sus habitantes a negociar con cadenas de comida rápida para vaciar la vejiga no es moderna. Está mal diseñada.
El urbanismo empieza donde el cuerpo deja de aguantar. Y Nueva York, hace rato, se está orinando encima.