por Mara Taylor
En una nota publicada en diciembre por la Universidad de Miami que funciona como gacetilla de prensa para ser copiada y pegada y convertida en documento público, y que aborda una investigación acerca de la caída de la lectura en Estados Unidos, hay una frase de Dr. Seuss que abre el texto como estampita moral: “Cuanto más lees, más cosas sabrás“. Es una cita tan blanda que podría venir impresa en una taza o en una bolsa reutilizable del supermercado. Y, sin embargo, funciona como premisa fundacional de todo lo que sigue. No se cita a Seuss para pensar con él, sino para cerrar la discusión antes de que empiece. Leer es bueno. No leer es malo. A partir de ahí, el resto del texto no investiga tanto una práctica social como una desviación: ¿por qué los niños ya no hacen lo que deberían hacer?
La caída de la lectura por placer en Estados Unidos (14% de adolescentes que leen “casi todos los días”, menos adultos que leen al menos un libro al año) aparece presentada como una patología colectiva. Algo se perdió. Algo se rompió. Y, como en toda narrativa de declive cultural, el pasado se vuelve inmediatamente virtuoso, aun cuando no sepamos muy bien cómo era. Se insinúa un tiempo en que los chicos leían, los adultos leían, las familias leían. Un tiempo en que la lectura sostenida era una habilidad natural, casi biológica, y no una práctica social cuidadosamente producida por instituciones, castigos, rituales escolares y jerarquías culturales.
La investigación no se pregunta qué significa “leer por placer” hoy, ni si esa categoría sigue siendo estable. Tampoco se pregunta por qué un libro —ese objeto específico, con tapas, páginas y silencio— sigue funcionando como vara moral. El problema no es que la gente no lea. El problema es que no lee lo correcto, de la manera correcta, durante el tiempo correcto. Y esa es una diferencia antropológicamente crucial.
El laboratorio moral de la lectura
Las voces expertas convocadas —profesoras de educación especial, directoras de programas de formación docente— no describen una escena social sino un laboratorio moral. Allí aparecen niños con “dificultades”, estudiantes “a nivel de grado”, jóvenes con “déficit de atención”. El diagnóstico es claro: redes sociales, videojuegos, fragmentación, estímulos cortos. El remedio también: lectura sostenida, concentración, rutinas, familia. No hay conflicto entre hipótesis y solución porque ambas nacen de la misma fantasía normativa.
Se da por sentado que la capacidad de leer durante 45 minutos seguidos es una forma superior de atención, no una habilidad históricamente específica. Se asume que el FAST —un examen que exige lectura prolongada— mide algo más que la capacidad de adaptarse a ese formato. El test no se problematiza; el estudiante sí. Es una lógica circular: fallan porque no leen; sabemos que no leen porque fallan.
Esta clase de investigaciones fundadas en esta clase de premisas no analizan prácticas culturales sino desviaciones individuales. El entorno digital aparece como fuerza corruptora abstracta, nunca como un sistema económico con lógicas propias de captura del tiempo, de la atención y del deseo. El problema no es TikTok como industria, sino TikTok como tentación. Pero aquí no hay estructura, solo hay mala conducta.
Incluso cuando se introduce la noción de “libros culturalmente relevantes”, la solución sigue siendo pedagógica y no política. No se discute quién publica, quién distribuye, quién define qué cuenta como literatura. Se invita a que los chicos “se vean representados”, pero sin tocar el mercado editorial que produce esa representación como nicho. La lectura sigue siendo un bien moral que hay que hacer atractivo, no una práctica situada atravesada por clase, raza, tiempo disponible y fatiga social.
La familia lectora como ficción fundacional
El momento más revelador no está en los datos, sino en los consejos finales. “Establecer una noche familiar de lectura”. “Que todos lean y luego conversen”. La escena es tan idílica que resulta sospechosa. Una familia nuclear, tiempo libre compartido, libros disponibles, padres alfabetizados y no exhaustos. Es una escena más cercana a una ilustración de 1870 que a la vida cotidiana contemporánea. Y, probablemente, tampoco haya sido real en 1870.
Aquí aparece con claridad una vieja queja revestida de lenguaje académico: la nostalgia de la cultura alta. Leer libros —no mensajes, no hilos, no subtítulos— funciona como marca de distinción. No leer no es solo una pérdida cognitiva; es una caída moral. El niño que no lee no es solo un sujeto con otras prácticas culturales: es alguien a quien hay que rescatar.
La pedagogía se desliza entonces hacia la autoayuda irritante. Rutinas. Hábitos. Motivación intrínseca. Elección personal. Como si la lectura fuera una especie de yoga cognitivo que solo requiere voluntad y buen ejemplo. La desigualdad estructural desaparece bajo la alfombra de la “motivación”. Si el chico no lee, es porque no quiere, porque no eligió bien, porque no vio a sus padres leer.
Esta es una operación conocida: convertir una práctica cultural históricamente situada en una virtud universal. El libro no es un medio; es un tótem. Y como todo tótem, organiza jerarquías: entre quienes leen y quienes no, entre quienes leen bien y quienes leen mal, entre quienes leen libros y quienes consumen otras narrativas consideradas menores.
¿Qué se está defendiendo realmente?
La pregunta incómoda no es si leer es valioso. Lo es. La pregunta es qué se está defendiendo cuando se defiende la lectura de este modo. ¿Una habilidad cognitiva? ¿Una forma de atención? ¿O una forma específica de subjetividad compatible con la escuela, el examen estandarizado y el ciudadano ideal?
El pánico por la caída de la lectura se parece demasiado a otros pánicos morales: la televisión, el cómic, el rock, el videojuego, el blog, el microblog. Cada generación cree que la siguiente perdió algo esencial. Lo que rara vez se admite es que lo que se pierde no es la capacidad de pensar, sino la centralidad de ciertas instituciones culturales.
Leer libros largos en silencio fue, durante un período histórico relativamente corto, una práctica hegemónica. No universal, no natural. Hacerla pasar hoy por vara antropológica de humanidad es, como mínimo, ingenuo. Como máximo, profundamente conservador.
Tal vez el problema no sea que los chicos no leen, sino que ya no aceptan sin resistencia el pacto moral que convierte al libro en fetiche. Tal vez el problema no sea la falta de atención, sino el exceso de demandas sobre cuerpos y mentes agotadas. Tal vez la pregunta correcta no sea cómo hacer que lean más, sino qué tipo de mundo exige que la lectura funcione como último bastión de respetabilidad cultural.
Pensar eso no implica abandonar la lectura. Implica, justamente, tomarla en serio. No como consigna, no como nostalgia, no como terapia familiar. Sino como práctica social conflictiva, situada, atravesada por poder. Y ahí, recién ahí, el experimento empieza a valer la pena.