por Jake Bittle
Poco después de lanzar una incursión dramática en la que las fuerzas estadounidenses secuestraron al líder venezolano Nicolás Maduro el sábado, el presidente Donald Trump justificó la acción con la promesa de revivir la moribunda industria petrolera de Venezuela. El país posee, por mucho, las mayores reservas declaradas de petróleo crudo del mundo, lo que representa casi una quinta parte del crudo conocido restante del planeta, pero su producción se ha desplomado bajo el mando de Maduro, quien ha gobernado el país desde 2013.
“Vamos a hacer que nuestras grandes compañías petroleras de Estados Unidos, las más grandes de cualquier parte del mundo, entren, gasten miles de millones de dólares, arreglen la infraestructura gravemente dañada, la infraestructura petrolera, y comiencen a ganar dinero para el país”, dijo Trump durante una conferencia de prensa en Mar-a-Lago en la que anunció la captura de Maduro.
Esta intervención se produce en un momento crucial para la industria petrolera mundial, que sigue enfrentando la perspectiva de una transición amplia hacia las energías renovables. Por esta razón, no es obvio que los mercados futuros puedan justificar una oleada de inversiones en Venezuela. Por un lado, el petróleo crudo extrapesado del país es perfecto para el diésel y el combustible para aviones, que son útiles en industrias difíciles de descarbonizar. Esto lo hace menos amenazado por el ascenso meteórico de los vehículos eléctricos que desplazan a los automóviles de gasolina. Por otro lado, el mundo ya está experimentando un exceso global de petróleo, y los analistas esperan que la demanda alcance su punto máximo en la próxima década. Si bien hay compradores para el petróleo adicional que podría bombearse en Venezuela —algunos de ellos en la costa del Golfo de Estados Unidos— los expertos dicen que un renacimiento total del orden que Trump promete podría no estar en los planes.
“Hay un mercado garantizado para ello, pero un mercado que tiene sus limitaciones de tamaño”, dijo Antoine Halff, fundador de la firma de análisis de datos y clima Kayrros y miembro no residente del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia.
A medida que los vehículos eléctricos y las energías renovables continúan expandiéndose, el mundo parece estar acercándose a un pico en la demanda de petróleo. Si bien el momento exacto de ese pico es objeto de disputa —podría suceder dentro de cuatro años o en más de quince años— casi todos los analistas coinciden en que se acerca. En ese punto, es posible que ya no haya demanda suficiente para seguir explotando nuevos campos petroleros, por grandes que sean. Y dado que tomará muchos años solo actualizar la infraestructura que permitiría aumentar la producción de petróleo en Venezuela en primer lugar, los inversores podrían decidir que el esfuerzo no vale la pena.
Luego está la cuestión de predecir los precios futuros en una industria notoriamente volátil. Las compañías petroleras solo obtienen ganancias cuando los precios mundiales del petróleo se mantienen por encima de cierto nivel. Para las empresas estadounidenses que producen petróleo a partir de esquisto en Texas, por ejemplo, ese número ronda los 60 dólares por barril, que está cerca del precio de referencia actual. Para Arabia Saudita, está más cerca de los 90 dólares por barril, porque los ingresos petroleros respaldan casi todo el gasto gubernamental del reino. En los campos petroleros más nuevos, como los que se encuentran frente a las costas de Guyana, el precio es tan bajo como 30 dólares. Ya existe la preocupación de que un exceso de oferta de petróleo en todo el mundo pueda hacer que los precios caigan durante el próximo año, lo que haría que los nuevos campos sean menos atractivos para los inversores. Si la demanda se estanca, un aumento del crudo venezolano empujaría los precios aún más a la baja. Dado que Venezuela es miembro de la OPEP, tendría que coordinar la producción con Arabia Saudita y otros grandes productores, quienes probablemente evitarían que Venezuela inundara el mercado.
Aun así, es probable que haya una demanda a largo plazo del tipo específico de petróleo que produce Venezuela. Esto se debe a que cualquier transición energética no ocurrirá a la misma velocidad en todas las partes del sector del transporte. La expansión de los vehículos eléctricos reemplazará primero a los automóviles de pasajeros y ciclomotores, que dependen del petróleo más ligero de campos como los de esquisto de Texas. Los vehículos más grandes, como los aviones y los camiones de carga pesada, son más difíciles de reemplazar —necesitan más potencia de la que las baterías de los vehículos eléctricos pueden proporcionar de manera factible en la actualidad— y dependen del petróleo pesado como el de Venezuela. Un informe de la firma de comercio de petróleo Vitol encontró que “se espera que el ritmo inicial de disminución [para el diésel] sea lento en comparación con la gasolina, pero comience a acelerarse a partir de 2035 en adelante”. Pocos otros países cuentan con el mismo tipo de reservas extrapesadas que tiene Venezuela, y aquellos que las tienen, como Canadá, tienen costos de producción mucho más altos.
“Estos son los segmentos difíciles de mitigar”, dijo Halff. “Es la parte de la demanda de petróleo que parece que no se va a reducir rápidamente”.
Venezuela bombeaba más de 3 millones de barriles de petróleo por día a principios de siglo, pero los totales de producción se han desplomado desde entonces. Después de que el gobierno de Hugo Chávez nacionalizara la principal infraestructura petrolera en 2007, Estados Unidos impuso sanciones financieras que obligaron a Venezuela a vender su petróleo con grandes descuentos. Bajo el gobierno de Maduro, la compañía petrolera estatal acumuló deudas y vio un éxodo de trabajadores calificados. Las bombas y los oleoductos se deterioraron hasta quedar fuera de servicio, los tanques de almacenamiento colapsaron y la producción tocó fondo en alrededor de 500.000 barriles por día durante la pandemia de Covid-19.
El presidente Trump ha prometido que su agresiva incursión en Venezuela conducirá a un renacimiento de esta industria, y según se informa, ha instado a los productores de petróleo de Estados Unidos a que lo ayuden en el esfuerzo. En declaraciones posteriores a la incursión contra Maduro, prometió que las empresas estadounidenses regresarían a Venezuela y ayudarían a exportar petróleo a otros países. Dada la ineficiencia en la que ha caído el sector petrolero estatal, los analistas creen que sería fácil restaurar parte de la producción a corto plazo con inversión extranjera y alivio de las sanciones.
“Nuestra suposición es que hay muchos pozos que solo necesitan un reacondicionamiento”, dijo Adrian Lara, analista principal para la industria petrolera latinoamericana en la firma de investigación Wood Mackenzie, en un informe publicado el mes pasado antes de la captura de Maduro. “Se puede aumentar la producción a través de opex [gastos operativos], sin necesidad de mucho capex nuevo [gastos de capital]”; en otras palabras, una puesta a punto en lugar de una oleada completa de nueva inversión.
A corto plazo, hay una demanda amplia. El petróleo en la vasta Faja del Orinoco del país es muy pesado y viscoso, como la melaza, en contraste con el petróleo de esquisto de Estados Unidos, que es casi tan ligero como el vinagre. Esto hace que sea más caro y requiera más carbono para producirlo, pero también lo hace adecuado para su conversión en combustible diésel para camiones y para otros usos como el asfalto. Hay varias refinerías a lo largo de la costa del Golfo que fueron construidas para procesar este tipo de crudo pesado, y estas refinerías están operando por debajo de su capacidad. En este momento, Venezuela exporta la mayor parte de su petróleo a China, que probablemente también compraría más para sus propias refinerías. Un experto de la industria que habló con The Wall Street Journal dijo que el acceso a esas reservas podría ser un “cambio de juego” en términos de aumentar las ganancias de los refinadores de la costa del Golfo.
“En este momento hay mucho apetito por el crudo pesado a nivel mundial”, dijo Robert Auers, analista del mercado de combustibles refinados en la consultora de energía RBN Energy. “Incluso si la producción venezolana regresara con mucha fuerza, el mercado global podría absorber eso fácilmente”.
Pero un gran renacimiento como el que Trump ha prometido sería una tarea mucho más difícil, dado que tardaría décadas en desarrollarse. La firma de análisis de energía Rystad Energy proyecta que un regreso a los niveles previos a Maduro requeriría una inversión de 110.000 millones de dólares, y estas inversiones no darían frutos durante una década o más. Incluso Chevron, el único productor de petróleo de Estados Unidos que opera en el país, necesitaría invertir un estimado de 7,000 millones de dólares para agregar otros 500,000 barriles, según un exejecutivo que habló con The New York Times.
La contaminación climática derivada de este crudo también podría ser un factor en su atractivo de mercado. En este momento, la extracción de petróleo pesado en la Faja del Orinoco es una de las que más carbono genera en el mundo, en parte porque se queman enormes cantidades de metano durante el proceso. A medida que los gobiernos continúan persiguiendo los objetivos del Acuerdo de París, aunque sea de manera irregular, podrían alejarse de tales campos siempre que sea posible e importar barriles con menos carbono. (La Unión Europea ya se ha comprometido a hacer esto). Muchos expertos creen que las grandes petroleras dudarán antes de lanzarse a un recurso que es mucho más difícil de manejar que el crudo en los campos de esquisto de Estados Unidos o el Medio Oriente.
Todo eso se suma a la incertidumbre política que ha seguido al intento de Trump de deponer a Maduro. Sigue sin estar claro qué forma tomará el nuevo gobierno de Venezuela. Dado que otros productores como Exxon Mobil perdieron miles de millones de dólares cuando el gobierno de Chávez nacionalizó sus activos, no es nada obvio que estas compañías petroleras quieran invertir bajo una inestabilidad política continua. Intervenciones pasadas de Estados Unidos han demostrado dinámicas similares: la producción de petróleo en Libia aún no se ha recuperado desde la caída de Muammar Gaddafi en 2011, y tomó casi una década para que la producción de petróleo iraquí repuntara después de que Estados Unidos invadiera en 2003.
“No creo en un aumento significativo a corto plazo”, dijo Rudolf Elias, presidente del consejo de supervisión de Staatsolie, la compañía petrolera estatal de Surinam, que está llevando a cabo un proyecto petrolero en alta mar en las aguas al este de Venezuela. “Pasarán años antes de que la industria reviva… además es petróleo sucio, y pesado, por lo que no será el primero en la fila”.
Grist. Traducción: Horacio Shawn-Pérez.