por Clara Veldrán
Hay objetos que sobreviven a su propia utilidad. No lo hacen por inercia ni por descuido, sino porque en algún momento de su existencia discreta cruzaron una frontera invisible: dejaron de ser instrumentos para volverse lenguaje. Los depósitos de agua de madera que coronan los edificios de Nueva York pertenecen a esa categoría extraña de artefactos que han trascendido su función original sin abandonarla, que siguen siendo plenamente operativos mientras acumulan capas de significado simbólico, estético y sociológico. Son, en un sentido muy preciso, la ciudad hecha objeto.
La pregunta de por qué una ciudad tecnológicamente sofisticada mantiene una solución de ingeniería decimonónica merece una respuesta más seria que la nostalgia. Para entenderla...
por Clara Veldrán
Hay objetos que sobreviven a su propia utilidad. No lo hacen por inercia ni por descuido, sino porque en algún momento de su existencia discreta cruzaron una frontera invisible: dejaron de ser instrumentos para volverse lenguaje. Los depósitos de agua de madera que coronan los edificios de Nueva York pertenecen a esa categoría extraña de artefactos que han trascendido su función original sin abandonarla, que siguen siendo plenamente operativos mientras acumulan capas de significado simbólico, estético y sociológico. Son, en un sentido muy preciso, la ciudad hecha objeto.
La pregunta de por qué una ciudad tecnológicamente sofisticada mantiene una solución de ingeniería decimonónica merece una respuesta más seria que la nostalgia. Para entenderla...