por Haley Bliss
La Pascua en Nueva York empieza, como tantas cosas, con una calle cerrada al tránsito y abierta a la interpretación. El Easter Parade de la Quinta Avenida, que es menos un desfile que una deriva ornamental entre la Catedral de San Patricio y una confusión educada, parece, a primera vista, tradición en su mejor versión dominical. Los sombreros florecen en arquitecturas improbables. Los perros llevan tul. Alguien, inevitablemente, se disfraza de conejo con la dignidad cansada de un trabajador estacional. Se siente antiguo. Se siente continuo. Se siente, si no sagrado, al menos ensayado.
Pero la tradición aquí siempre está curada. Lo que pasa por continuidad suele ser un bucle: espectáculo victoriano importado, secularizado...
por Haley Bliss
La Pascua en Nueva York empieza, como tantas cosas, con una calle cerrada al tránsito y abierta a la interpretación. El Easter Parade de la Quinta Avenida, que es menos un desfile que una deriva ornamental entre la Catedral de San Patricio y una confusión educada, parece, a primera vista, tradición en su mejor versión dominical. Los sombreros florecen en arquitecturas improbables. Los perros llevan tul. Alguien, inevitablemente, se disfraza de conejo con la dignidad cansada de un trabajador estacional. Se siente antiguo. Se siente continuo. Se siente, si no sagrado, al menos ensayado.
Pero la tradición aquí siempre está curada. Lo que pasa por continuidad suele ser un bucle: espectáculo victoriano importado, secularizado...