por Clara Veldrán
Hay inventos que fracasan por ser demasiado malos y otros que fracasan por ser demasiado buenos, o por llegar demasiado pronto. La acera rodante, esa cinta mecánica que transporta peatones sin que éstos tengan que mover los pies, pertenece a esta segunda categoría: una idea lo bastante clara en su lógica como para que generaciones enteras de ingenieros, planificadores y visionarios la resucitaran una y otra vez, y lo bastante ambiciosa en su escala como para que todas esas generaciones acabaran rindiéndose, vencidas por la combinación de coste, fricción política y el pertinaz dominio del automóvil sobre el espacio público. La historia de la acera rodante es, en cierto modo, la historia entera...
por Clara Veldrán
Hay inventos que fracasan por ser demasiado malos y otros que fracasan por ser demasiado buenos, o por llegar demasiado pronto. La acera rodante, esa cinta mecánica que transporta peatones sin que éstos tengan que mover los pies, pertenece a esta segunda categoría: una idea lo bastante clara en su lógica como para que generaciones enteras de ingenieros, planificadores y visionarios la resucitaran una y otra vez, y lo bastante ambiciosa en su escala como para que todas esas generaciones acabaran rindiéndose, vencidas por la combinación de coste, fricción política y el pertinaz dominio del automóvil sobre el espacio público. La historia de la acera rodante es, en cierto modo, la historia entera...