por Marcelo Pisarro
A mediados de diciembre de 2025, en Ask Greil, su ya clásica sección de preguntas y respuestas, un lector llamado Carlon Yoder le preguntó a Greil Marcus —ensayista, historiador, octogenario, el mejor escritor de música de tradición popular del último siglo— acerca de Donald Trump y John Lydon, antaño Johnny Rotten, cantante de Sex Pistols: “¿Cómo se explica la versión actual de John Lydon como aparente entusiasta de MAGA y simpatizante de Trump?”.
Marcus respondió: “Quién sabe por qué alguien hace lo que hace. Como Sinéad O’Connor, John Lydon es un punk de verdad, lo que significa que tarde o temprano va a cabrear absolutamente a cualquiera. Cuando ya no sos reconocible en público, como le pasa ahora al que alguna vez fue Johnny Rotten, podrías hacer cualquier cosa para seguir en el ojo público, para provocar una reacción en alguien, incluso en vos mismo. Pero la respuesta real es menos cómoda y no tiene nada de irónica. Trump es un punk de verdad. Siente un desprecio absoluto por cualquiera que no sea él mismo, y eso incluye a su esposa, a sus hijos, a sus sátrapas, a sus lameculos, a sus suplicantes, y sobre todo a cualquiera lo suficientemente estúpido como para creer, o haber creído alguna vez, una sola palabra de lo que dice. John Lydon quisiera ser Donald Trump. Donald Trump ya es John Lydon”.
La respuesta de Marcus funciona porque es obscena y precisa a la vez. Llamar punk a Trump no lo ennoblece ni lo vuelve subversivo en un sentido emancipador; lo devuelve a una cualidad incómoda del punk mismo. No como género musical, ni como cancionero para bandas tributo (hay que pasar un rato con la palabra “tributo” hasta que todas sus costuras queden a la vista y te avergüencen), ni como pieza de archivo para personas que viven de archivar su propia juventud, ni como estética domesticada por remeras en H&M, sino como ética negativa, un gesto sostenido de desprecio. Desde esta perspectiva, en caso de que sea una perspectiva, el punk, en su versión más extrema y más fácil, no propone un mundo mejor: propone dinamitar cualquier forma de reconocimiento mutuo. Trump encaja ahí con naturalidad. No cree en nada salvo en sí mismo, y ni siquiera ahí hay convicción, solo reflejo. Todo lo demás —familia, nación, verdad, ideología, comunidad, pasado, futuro, lealtad, empatía, esas cosas que se espera que represente un presidente, cualquier presidente, aunque no se las crea, aunque no le importen— es utilería descartable. El punk, en esta versión, funciona como pulsión antisocial antes que como política, como energía de demolición sin programa. Entonces la cuestión no es que el punk haya envejecido mal. La cuestión es que algunas de sus intuiciones envejecieron demasiado bien.
Durante décadas, o lo que es casi lo mismo, durante medio siglo, la cultura popular insistió en leer al punk como una forma de radicalidad. Marcus mismo contribuyó a esta lectura, con su arqueología de gestos disonantes, de voces que decían “no” cuando no había lenguaje para decir otra cosa. “A partir de los Sex Pistols para acá”, escribió en 1983, en un artículo sobre los Mekons recopilado en su libro En el baño del fascista, “la búsqueda de radicalidad ha sido el peso que los artistas de rock más interesantes de los últimos siete años han tenido que cargar: lo radical como modificación de la forma del rock, y lo radical como intento de intervenir en el sistema de símbolos de la vida cotidiana del oyente por medio del rock. Y, si una banda dura lo suficiente, el alejamiento de la radicalidad para mantenerse en la búsqueda de radicalidad, como un trabajo remunerado dentro de la economía de mercado, quizás una contradicción moral en sus términos, quizás no”.
Pero la relación entre Trump y Lydon —la posibilidad de juntarlos en una misma oración, en un mismo universo coherente de sentido, bajo la sospecha de que uno envejeció mal y que el otro no necesitó envejecer en lo absoluto— obliga a mirar ese archivo radical con menos romanticismo. El punk, en esta lectura, no es una estética ni una genealogía musical, sino una disposición moral negativa, un desprecio activo por cualquier forma de reconocimiento recíproco. Es una expresión de la idea de que no hay nada detrás del gesto, ningún “nosotros” esperando articularse. Que sólo está el insulto como performance continua, la provocación perpetua como identidad, el placer de incomodar incluso a quienes te aplauden. Trump no aprendió eso del punk; simplemente nació ahí. Su desprecio no es pose ni estrategia. Es ontológico. No hay cinismo, y no puede haberlo, por definición, porque no hay distancia.
Así, si se sigue esta idea que acaso sea un juego de palabras ingenioso pero acaso sea más que eso, lo más interesante no es que Trump sea punk, sino que Lydon quiera ser Trump. El sueño secreto de cierta cultura radical —o de todas ellas, posiblemente— siempre fue ese: no destruir el poder, sino ocuparlo. Trump realiza esa fantasía. Gobierna como un provocador que nunca dejó el escenario, incluso cuando está solo en el camarín. No persuade, no convence, no argumenta. Provoca. Insulta. Miente no para ocultar la verdad, sino para demostrar que la verdad ya no importa. Eso también es punk, o solía serlo, érase una vez: no la mentira estratégica, sino la mentira como forma de soberanía.
La tentación biempensante es explicar a Trump como anomalía, un accidente, el síntoma de una patología externa al sistema. Pero Trump no es un error; es una posibilidad siempre latente en una cultura que celebra el gesto iconoclasta pero se niega a pensar en sus consecuencias. El punk enseñó a generaciones que la coherencia era una trampa, que el desprecio podía ser una forma de lucidez, que ofender era una prueba de honestidad. Trump recoge ese legado sin ironía y lo aplica a la gobernanza, donde las víctimas no son metáforas ni públicos hipotéticos. La violencia simbólica se vuelve violencia administrativa, y la violencia administrativa interviene en el sistema de símbolos de la vida cotidiana hasta que se vuelve el único principio de realidad posible.
Nada de esto implica absolver al punk ni condenarlo en bloque. Implica señalar su ambigüedad constitutiva. El punk nunca fue solo resistencia, comunidad ni entretenimiento; también fue un ensayo general para un mundo donde el vínculo social es prescindible. Trump no traiciona esa posibilidad; la lleva hasta sus últimas consecuencias, la despoja de cualquier coartada estética, le quita todas las metáforas y la convierte en política real. Por eso resulta tan fascinante verlo gobernar: no porque sea un impostor, sino porque es demasiado fiel a una lógica que preferimos mantener en los márgenes. O, lo que es ahora válido para el punk, un arte inocuo que relegamos a vitrinas de museos y espectáculos de nostalgia.
Lo que antes escandalizaba ahora se archiva y se celebra. Y lo que se archiva y se celebra, tarde o temprano, aprende a gobernar.